El miedo es una emoción que en mayor o menor grado todos padecemos, que se manifiesta ante el peligro y la amenaza, real o ficticia y que se reconoce por una serie de cambios fisiológicos en nuestro organismo.

Se trata de una actitud hasta cierto punto instintiva que se desarrolló desde que nuestros ancestros tenían que enfrentarse directamente a animales salvajes, para defenderse o para cazarlos.

El miedo es una reacción de protección por parte del organismo, que depende del desarrollo genético individual y de la situación concreta en la que se produzca. 

Son varias las formas en que reaccionamos ante el miedo: el ataque, la huida, la paralización o con actitudes de sumisión frente al dominante.  Las formas más civilizadas son resistir o huir.

Por lo tanto, vemos al miedo como  “un esquema adaptativo”, y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, es normal y beneficioso para todos. 

Al miedo se le puede analizar desde varios puntos de vista: biológico, neurológico, psicológico, social y cultural, etc. Los psicólogos aseguran que la tensión de alerta causada por el miedo es necesaria para vivir porque sirve para superar los peligros reales.

Sin embargo, los humanos abusamos del miedo, “pues hay comportamientos cuyas reacciones fisiológicas son muy parecidas, pero que están muy lejos de cumplir con la función de protección”. 

Es natural y conveniente sentir miedo ante situaciones amenazantes reales y objetivas, pero nuestra sociedad ha extendido el miedo hasta llevarlo a la ansiedad, el estrés y la preocupación, creando perturbaciones que van más allá de la respuesta natural del organismo a las amenazas. 

No se trata de los personajes ni del tema de la película del mismo nombre, éstos son otros, verdaderamente macabros.

Se supo que, todavía hasta finales del siglo pasado, allá por una de las orillas del Cerro de la Estrella de Iztapalapa, con alguna frecuencia se reunían en las noches grupos de jóvenes a ingerir bebidas alcohólicas; lo hacían, entre otras cosas por la privacidad, por la aventura, porque no querían que los viera alguien y para que nadie los molestara.

Como sabemos, en muchas reuniones y después de unos cuantos tragos, risas, bromas y recuerdos vergonzosos, nunca falta quien eche a perder el rumbo de la velada.

En esta leyenda, de la historia que más se supo, fue la del grupo en el que iba Gloria, que de un momento a otro comenzó a llorar de una forma algo extraña, gritando que alguien los observaba desde la oscuridad, según ella eran unos hombres pálidos, tanto que parecían muertos; estaban vestidos con una capa completamente negra.

Negándose los demás a interrumpir la fiesta, tomaron aquello a tono de burla, y las risas les duraron un buen tiempo. Observando que a la mujer no se le pasaba el espanto, decidieron llevarla hasta el sitio donde decía los observaban para que se convenciera de que ahí no había nada.

Llegaron todos al lugar que decía Gloria, miraron alrededor, sin encontrar a nadie, fue entonces que Gloria se calmó. Ya de regreso al punto de su reunión, se sorprendieron un poco con los gritos de otra de las muchachas, la cual les decía que unos hombres de negro estaban ahí. Los chicos se molestaron un poco, y las reprendieron por la broma de mal gusto, alegando que una vez fue divertido, pero dos, ya era molesto.

Cambiaron de puestos, para evitar la misma situación, enviaron a las jóvenes a la parte de en medio y los hombres se colocaron en las orillas; fue entonces que Marco, se quedó viendo fijamente hacia el punto donde habían comentado las muchachas estaban esos que los observaban.

De pronto, Marco soltó un grito de espanto profundo, que les hizo a todos levantarse de un salto con las instrucciones precisas y claras ¡Corran! Iban de prisa hacia el auto mientras atrás de ellos, los hombres vestidos de negro se desplazaban con gran velocidad, saliendo de las penumbras y dejando ver lo que las chicas habían descrito.

Eran unas figuras delgadas, vestidas completamente de negro y con los rostros de muertos, que les dieron alcance como si sus pasos fueran gigantescos, a pesar de que sus cuerpos no se movían al darlos.

Estas figuras pasaron en medio de la fogata que habían encendido los muchachos sin quemarse y sin esparcirla, y en el momento en que estaban montados en el auto, simplemente las figuras lo atravesaron, tornándose en una visión transparente, que sólo desapareció ante sus ojos.

Sin saber qué o quienes son, se reportan estas apariciones en muchos lugares de la zona; no se sabe que hayan causado un daño más allá del susto. Este y otros casos dieron origen a la “Leyenda de los Hombres de Negro”, que observan desde las sombras, siendo vistos por las personas, una a la vez, no todos en grupo, saliendo de las penumbras para correrlos del lugar.

El miedo excesivo y la falta de confianza en uno mismo son los enemigos más grandes que podamos tener. “El éxito no lo consigue el más inteligente, ni el que tiene más títulos académicos, sino el que se atreve, el que se arriesga”, esto sostienen los especialistas.

La conquista de nuestros objetivos y el logro de nuestras metas sólo se pueden alcanzar dentro de un ambiente de riesgo calculado.

Enfrentar los retos, habiendo evaluado nuestras propias fuerzas, aumenta las probabilidades de éxito.

¿Cómo superar el miedo?

Enfrentándolo y aprendiendo a manejarlo. Al respecto Susan Jeffers, autora de Bestsellers acerca del tema, menciona cinco verdades sobre el miedo:

1. El miedo nunca desaparecerá mientras sigamos creciendo como personas.
2. La única manera de liberarse del miedo a hacer algo, es hacerlo.
3. La única manera de sentirnos mejor es enfrentar nuestro miedo.
4. Todos sentimos cierto grado de miedo en terrenos poco familiares.
5. Vencer el miedo asusta menos que convivir con un miedo subyacente que proviene de la impotencia.

Podemos agregar otras verdades más sobre el miedo:
• La ignorancia crea miedo ante determinadas situaciones.
• El padre de los miedos, por su frecuencia, es el miedo al cambio, a lo desconocido.

Por lo tanto, el saber que el miedo es normal ante situaciones imprevistas, novedosas o peligrosas, nos da confianza y valor.

Amigo detallista, recuerda que el miedo reprime todo el potencial que traemos; no temas a la competencia, no temas a los “súpers grandotes”, hasta ellos tienen puntos débiles que tú puedes cubrir. Lo único que no debemos hacer con esos miedos, es nada.

Es natural sentir miedo ante situaciones amenazantes reales, pero nuestra sociedad ha extendido el miedo hasta llevarlo a la ansiedad, el estrés y la preocupación, creando perturbaciones que van más allá de la respuesta natural del organismo a las amenazas.

Si bien el miedo es benéfico ante ciertas situaciones y peligros, también puede representar una barrera que nos imponemos y que nos hace permanecer inmóviles.

El miedo es una emoción que en mayor o menor grado todos padecemos en algún momento; se manifiesta ante peligros y amenazas reales o ficticios y se reconoce por una serie de cambios fisiológicos en nuestro organismo.

Se trata de una actitud hasta cierto punto instintiva; se desarrolló desde que nuestros ancestros tenían que enfrentarse directamente a animales salvajes para defenderse o para cazarlos.

Son varias las formas en que reaccionamos ante el miedo: el ataque, la huida, la paralización o con actitudes de sumisión frente al dominante. Las formas más civilizadas son resistir o huir.

Se trata de un esquema adaptativo porque constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, es normal y beneficioso para todos.

Los psicólogos aseguran que la tensión de alerta causada por el miedo es necesaria para vivir porque sirve para superar los peligros reales.

Sin embargo, los humanos abusamos del miedo, pues hay comportamientos cuyas reacciones fisiológicas son muy parecidas pero que están muy lejos de cumplir con la función de protección.

En esto último nos referimos a los sentimientos de miedo al fracaso y al éxito; el miedo a los negocios, como empresarios.

Es el caso de algunos pasajeros que por no obedecer al conductor se convirtieron en fantasmas.

Esta leyenda tiene su origen en una sinuosa carretera mexicana, donde existían quebradas y barrancos extremadamente peligrosos y era muy arriesgado realizar ese trayecto por la noche, especialmente con mal tiempo.

Una noche, un autobús partió desde Ixtapan de la Sal con dirección a Toluca, repleto de pasajeros. El viaje se desarrollaba con normalidad hasta que el conductor notó con terror que comenzaban a fallarle los frenos por lo que no pudo impedir que el vehículo se precipitara al fondo de un profundo barranco. Lamentablemente no hubo sobrevivientes ya que todos los pasajeros perecieron en el suceso.

Tiempo después, varias personas aseguran haber visto a un viejo autobús circulando por la carretera en noches de lluvia intensa. El autobús recoge sin problemas a las personas que aguardan en las paradas habituales y todo transcurre en la más absoluta normalidad, salvo con los pasajeros y con el conductor que no emiten palabra alguna.

 

El viaje sigue hasta que el conductor, le indica al nuevo pasajero que debe bajarse allí de manera inflexible: debe bajar allí mismo o de lo contrario ya no podrá hacerlo. El pasajero se baja ante el pedido, no sin antes recibir una nueva advertencia: no voltear para ver el autobús por ningún motivo. En el caso de que ignore esta advertencia, verá con terror que se trata del autobús fantasma, con los cadáveres de quienes fallecieron en el siniestro.

Algunos pasajeros que no obedecieron la advertencia murieron en forma inmediata y a los pocos días pasaron a formar parte de los fantasmas de los infelices pasajeros.

Sucedió a principios del siglo pasado, en una iglesia, ubicada en el centro de CDMX, allá por las calles de República de Ecuador.

Un sacerdote recién llegaba a esa iglesia, estaba apenas introduciendo su mudanza. Pasadas unas horas, cuando ya había oscurecido, decidió irse a descansar; de repente un sonido lo distrajo, obligándole a abrir más los ojos para tratar de distinguir la fuente de aquel extraño sonido.

Por más que intentaba enfocar para ver con claridad entre los arbustos, no lo conseguía; la vela que llevaba en sus manos se había apagado, así que puso más atención al quejido, se abrió paso a tientas entre las ramas del patio, tras dar unos cuantos pasos, tocó algo y creyó que eran hojas de las plantas; lo que estaba tocando en esos momentos le parecía una tela, vieja y desgastada, usó ambas manos para seguir investigando cuando una tenue luz empezó a darle imagen de lo que estaba frente a él.

Vio a una persona que llevaba hábito, el cual no pudo seguir sujetando entre sus manos al distinguir que la figura en cuestión no era más que un cuerpo al que le faltaba la cabeza. El sacerdote emitió un grito aún más escalofriante que la horrorosa aparición; se echó a correr sin rumbo fijo ni dirección, solo quería alejarse de aquel monje decapitado, que flotaba detrás de él, gimiendo, llorando y suplicando a gritos que le ayudara a encontrar su cabeza.

Se trataba de un monje que en los últimos días de la época de la colonia, fue acusado injustamente de hereje, y decapitado por la inquisición.

Aunque la iglesia está cerrada y en ruinas desde hace mucho tiempo, muchos de los que pasan por ahí de noche, dicen haber oído ruidos extraños y haber visto unas sombras muy parecidas a lo que es la vestimenta negra de un sacerdote.

Ese monje sigue pidiendo ayuda para encontrar su cabeza.