Fue en la ciudad de Orizaba, Ver., allá por los años 1909, cuando la niña de dos años Ana Maria Dolores Segura y Couto falleció de una enfermedad crónica que le venía desde tiempo atrás.

La niña fue sepultada en el cementerio Juan de la Luz Enríquez, conocido por sus tumbas y leyendas muy peculiares.

Sus padres, muy tristes por la pérdida,  y tratando de mantener la chispa que su hija tenía, contrataron al mejor escultor de esa época para que le hiciera una tumba con la misma forma y los mismos detalles que su hija, acostada sobre su cama. Todo esto resguardado por un ángel que tuviera una rosa en una de sus manos.

La obra fue realizada con tal detalle, que cumplía con los detalles de la niña. Sus ojos, su cabello, sus manos; todo era idéntico al pequeño cuerpo de ella.

Desde entonces la tumba permanece en perfectas condiciones, sin parecer que el paso del tiempo le afecte. 

Lo increíble es que desde hace unas décadas, después de fallecidos los familiares de la niña, con cierta regularidad, en las mañanas aparecen flores y juguetes al lado de su tumba.  

Se dice que el Ángel protege a la niña de las condiciones climáticas. Si hay mucho sol, el Ángel mueve sus alas para proteger el rostro de la pequeña, si hay lluvia sucede lo mismo.

Guardias del cementerio aseguran que en las noches la niña baja de la cama de mármol para jugar en el cementerio, y el ángel le ilumina el camino despidiendo una luz desde sus ojos para protegerla y no perderla de vista.

También afirman que la rosa que sostiene en su mano derecha, la deja caer sobre la niña para que ella pueda jugar.

Fuente: xalapaveracruz.mx

Era el año 1600, cuando don Tristán de Alzúcer llegó a lo que es ahora la CDMX, buscando enriquecerse y abrirle buen camino a su hijo del mismo nombre, para lo cual se dedicó al comercio. 

Después de recorrer algunos barrios, don Tristán se fue a radicar por el rumbo de Tlaltelolco y allí mismo instaló su comercio que atendía con la ayuda de su hijo.

Don Tristán tenía un buen amigo y consejero, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su negocio para conversar. Junto con unos vinitos, allí platicaban de las cosas que los identificaban pues habían nacido en el mismo pueblo.

Todo iba muy bien en el comercio de don Tristán, que decidió ampliarlo, para lo cual envió a su hijo al Sureste del ahora México, a buscar nuevos productos.

La mala suerte hizo que el joven Tristán enfermara a tal grado, que se temió por su vida; don Tristán preocupado por ello, se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta su santuario, si su hijo se aliviaba. 

Semanas más tarde el muchacho regresaba sano a la casa de su padre, quien feliz lo estrechó entre sus brazos.

Vinieron tiempos de bonanza en el negocio, y tan ocupado estaba don Tristán que se olvidó de su promesa; sin embargo, en las noches le invadía el remordimiento al recordar la promesa hecha a la Virgen.

Un día fue a visitar a su amigo y consejero, el Arzobispo, para hablarle de la falta de cumplimiento de su promesa y que le dijera qué hacer, ya que de todos modos le había dado gracias a la Virgen en sus rezos. 

-Bastará con eso, -dijo su amigo-, si rezaste a la Virgen dándole las gracias, ya no hay necesidad de cumplir lo prometido.

Don Tristán se fue a su casa muy complacido, olvidando la promesa de la que lo había relevado el Arzobispo.

Pero un día, apenas amanecía, el Arzobispo caminaba por la calle de La Misericordia, cuando se topó con don Tristán, quien ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha.

¿A dónde vas a estas horas, amigo Tristán?, le pregunto el Arzobispo.

– “A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen”, respondió con voz hueca y tenebrosa, el comerciante.

El Arzobispo lo dejó avanzar, pero esa noche decidió ir a visitarlo para pedirle que explicara por qué decidió ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen, pero lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba con gran pena.

Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.

-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre sollozos, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.

Con esto el Arzobispo se dio cuenta que don Tristán ya estaba muerto cuando lo encontró por la calle. En su ánimo se sintió culpable de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.

Pasaron los años… Tristán hijo, regresó a España, pero el alma de su padre continuó por mucho tiempo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido, por la misma calle, a la que la gente nombró después, “El callejón del muerto”.

Es la tumba del niño Ignacio Torres Altamirano “Nachito”. La leyenda comienza con su muerte el 24 de mayo de 1882. Se dice que murió de nictofobia (miedo enfermizo a la oscuridad). 

Cuenta la leyenda que desde su nacimiento sufría este padecimiento, por lo que en las noches, sus padres ponían antorchas en su recámara para iluminarla y que pudiera dormir tranquilo; pero una noche, las antorchas se apagaron y a “Nachito” le dio un infarto fulminante. Al día siguiente, sus padres lo encontraron ya muerto en su cama.

Los padres enterraron a Nachito en el panteón de Belén, ahora museo, de Guadalajara, Jal.

Al día siguiente de su entierro, el sepulturero encontró el ataúd afuera de la tumba. Dio aviso a sus padres pero éstos no pudieron ir,  por lo que el sepulturero lo enterró de nuevo. Esto sucedió durante diez días. 

La gente empezó a decir que Nachito padecía “mal del diablo”, que la tierra no lo quería y por eso lo escupía.

Sus padres decidieron modificar la tumba, construyendo una encima de ésta, porque, según ellos, no podía descansar debido a la nictofobia que padecía. La tumba está hecha de piedra y tiene unas aberturas a los lados para que entre la luz. 

En  las esquinas de la tumba decidieron poner cuatro obeliscos y en cada uno de éstos ponían unas antorchas para iluminarlo durante la noche.

Hoy en día, la gente lleva juguetes a Nachito porque dicen que si no le llevan algo, puede acompañarlos hasta su casa y hacerles travesuras. 

Se sabe que Nachito sí juega por las noches con sus juguetes; según los sepultureros tienen que recogerlos antes de abrir el panteón porque los encuentran regados alrededor de la tumba.  

Si alguien se lleva un juguete de la tumba, Nachito se enoja y se va con él y le pasarán cosas raras.

No se trata de los personajes ni del tema de la película del mismo nombre, éstos son otros, verdaderamente macabros.

Se supo que, todavía hasta finales del siglo pasado, allá por una de las orillas del Cerro de la Estrella de Iztapalapa, con alguna frecuencia se reunían en las noches grupos de jóvenes a ingerir bebidas alcohólicas; lo hacían, entre otras cosas por la privacidad, por la aventura, porque no querían que los viera alguien y para que nadie los molestara.

Como sabemos, en muchas reuniones y después de unos cuantos tragos, risas, bromas y recuerdos vergonzosos, nunca falta quien eche a perder el rumbo de la velada.

En esta leyenda, de la historia que más se supo, fue la del grupo en el que iba Gloria, que de un momento a otro comenzó a llorar de una forma algo extraña, gritando que alguien los observaba desde la oscuridad, según ella eran unos hombres pálidos, tanto que parecían muertos; estaban vestidos con una capa completamente negra.

Negándose los demás a interrumpir la fiesta, tomaron aquello a tono de burla, y las risas les duraron un buen tiempo. Observando que a la mujer no se le pasaba el espanto, decidieron llevarla hasta el sitio donde decía los observaban para que se convenciera de que ahí no había nada.

Llegaron todos al lugar que decía Gloria, miraron alrededor, sin encontrar a nadie, fue entonces que Gloria se calmó. Ya de regreso al punto de su reunión, se sorprendieron un poco con los gritos de otra de las muchachas, la cual les decía que unos hombres de negro estaban ahí. Los chicos se molestaron un poco, y las reprendieron por la broma de mal gusto, alegando que una vez fue divertido, pero dos, ya era molesto.

Cambiaron de puestos, para evitar la misma situación, enviaron a las jóvenes a la parte de en medio y los hombres se colocaron en las orillas; fue entonces que Marco, se quedó viendo fijamente hacia el punto donde habían comentado las muchachas estaban esos que los observaban.

De pronto, Marco soltó un grito de espanto profundo, que les hizo a todos levantarse de un salto con las instrucciones precisas y claras ¡Corran! Iban de prisa hacia el auto mientras atrás de ellos, los hombres vestidos de negro se desplazaban con gran velocidad, saliendo de las penumbras y dejando ver lo que las chicas habían descrito.

Eran unas figuras delgadas, vestidas completamente de negro y con los rostros de muertos, que les dieron alcance como si sus pasos fueran gigantescos, a pesar de que sus cuerpos no se movían al darlos.

Estas figuras pasaron en medio de la fogata que habían encendido los muchachos sin quemarse y sin esparcirla, y en el momento en que estaban montados en el auto, simplemente las figuras lo atravesaron, tornándose en una visión transparente, que sólo desapareció ante sus ojos.

Sin saber qué o quienes son, se reportan estas apariciones en muchos lugares de la zona; no se sabe que hayan causado un daño más allá del susto. Este y otros casos dieron origen a la “Leyenda de los Hombres de Negro”, que observan desde las sombras, siendo vistos por las personas, una a la vez, no todos en grupo, saliendo de las penumbras para correrlos del lugar.

Esta es una historia bastante tenebrosa, la primera vez que la escuché me llevó a conocer un poco más de ella y a ubicar el suceso personalmente.

Dos muchachos que salían de una gran fiesta se encontraron en el camino con dos chicas solas que estaban pidiendo aventón.

Su evento había sido en un salón de fiestas que se encontraba en las afueras de la Ciudad de México, en la carretera libre a Cuernavaca.

Eran ya pasadas de las 12 de la noche y decidieron abordarlas. Ellos ya llevaban algunas copas encima y pensaron que ellas también.

Las invitaron a subir a su auto pensando que irían a pasar una gran noche con ellas, y parece que todo fue así. En la plática del camino ellas los invitaron a su casa en la ciudad, dijeron que sus papás estaban de vacaciones y que no tendrían ningún problema.

Llegaron a una vivienda en una colonia de clase media. Todo les pareció bien; la casa iluminada y el interior lo vieron normal.

Para no perder la alegría se acompañaron con una buena cantidad de cervezas.

Pasaron una gran noche, había dos recámaras en la que se acomodaron los cuatro para disfrutar de los placeres que se pueden vivir entre parejas.

Al día siguiente ellos se despertaron, cada uno en una recámara pero en el suelo. Buscaron a las muchachas pero no las encontraron, solo estaban los envases de cerveza vacíos y sus ropas.

Ahora todo lucía sucio, viejo, lleno de basura y sin muebles, la casa se veía abandonada desde hace mucho tiempo; en nada se parecía a la casa a la que entraron la noche anterior.

Muy asustados, y con la cruda encima, se vistieron y salieron rápido de la casa; no se explicaban lo qué había sucedido.

Algunos vecinos vieron cuando salían los muchachos de la casa y se acercaron a preguntarles si habían dormido en ella.

Los muchachos explicaron cómo habían entrado a la casa, que habían sido invitados por unas muchachas y que ellas les abrieron. Les explicaron cómo eran ellas, su edad aproximada, con detalle hasta su estatura, color de piel y edad aproximada.

A esto último los vecinos les dijeron que esa descripción coincidía con las de las muchachas que alguna vez vivieron ahí y que eran parte de la familia que se había accidentado en la carretera.

Les explicaron que tenía décadas que la casa estaba abandonada, que había vivido ahí una familia que se había matado cuando, entrando a la ciudad, un borracho que conducía su auto a gran velocidad golpeó el coche de esa familia y se fueron a un barranco, y que como no tenían más familia la casa estaba abandonada.

Los vecinos les comentaron, también, que ya en otras ocasiones había sucedido lo mismo. Otros jóvenes habían sido invitados por esas muchachas.

La historia cuenta que los muchachos se volvieron locos, habían tenido relaciones con los espíritus de dos muchachas muertas hace años. Uno de ellos fue encerrado en el manicomio de la localidad y el otro se suicidó.

La casa aún existe y dicen que los espíritus de las muchachas salen en las noches del lugar donde murieron para llevarse a jóvenes que manejan ebrios.

En 1725, una peregrinación que venía del Estado de Oaxaca, pasó por Iztapalapa. Los peregrinos iban rumbo al centro de lo que ahora es la CDMX a reparar una imagen de Cristo, que traían.

Acamparon en el Cerro de la Estrella, y la imagen la dejaron debajo de un árbol. Al día siguiente cuando despertaron ya no estaba. Fueron al pueblo para buscarla en los templos, al no encontrarla pidieron apoyo a los habitantes de Iztapalapa para hacer una búsqueda en el cerro. Pasaron varios días y la imagen no fue hallada, por lo que los peregrinos decidieron volver a Oaxaca.

Meses después algunos pobladores se dieron cuenta de que un pastor iba todas las tardes con un ocote a una cueva, quien les reveló que había encontrado una imagen en una gruta y que prendía el ocote para que no estuviese en oscuridad por las noches.

Cuál fue la sorpresa de los pobladores cuando vieron que la imagen de la caverna era la de los peregrinos y decidieron avisarles para que vinieran por ella. Cuando trataron de sacarla, ésta no se movió ni con el esfuerzo de 20 personas, así que interpretaron que debía quedarse ahí.

Se le construyó una ermita, después una capilla abierta y hasta mediados del siglo XIX se construyó el actual Santuario dedicado al Señor del Santo Sepulcro, desde entonces esta imagen es objeto de cariño y respeto por los ocho barrios, mismos que se incrementaron cuando en 1833 asistieron a su capilla a pedirle a la imagen del Señor de la Cuevita que cesara la epidemia de cólera mórbus que había diezmado a la población de Iztapalapa.

El Santuario fue construido con un amplio atrio, justo enfrente de la cueva donde fue hallada la imagen después de que se les perdió a los peregrinos de Oaxaca.

Sucedió a principios del siglo pasado, en una iglesia, ubicada en el centro de CDMX, allá por las calles de República de Ecuador.

Un sacerdote recién llegaba a esa iglesia, estaba apenas introduciendo su mudanza. Pasadas unas horas, cuando ya había oscurecido, decidió irse a descansar; de repente un sonido lo distrajo, obligándole a abrir más los ojos para tratar de distinguir la fuente de aquel extraño sonido.

Por más que intentaba enfocar para ver con claridad entre los arbustos, no lo conseguía; la vela que llevaba en sus manos se había apagado, así que puso más atención al quejido, se abrió paso a tientas entre las ramas del patio, tras dar unos cuantos pasos, tocó algo y creyó que eran hojas de las plantas; lo que estaba tocando en esos momentos le parecía una tela, vieja y desgastada, usó ambas manos para seguir investigando cuando una tenue luz empezó a darle imagen de lo que estaba frente a él.

Vio a una persona que llevaba hábito, el cual no pudo seguir sujetando entre sus manos al distinguir que la figura en cuestión no era más que un cuerpo al que le faltaba la cabeza. El sacerdote emitió un grito aún más escalofriante que la horrorosa aparición; se echó a correr sin rumbo fijo ni dirección, solo quería alejarse de aquel monje decapitado, que flotaba detrás de él, gimiendo, llorando y suplicando a gritos que le ayudara a encontrar su cabeza.

Se trataba de un monje que en los últimos días de la época de la colonia, fue acusado injustamente de hereje, y decapitado por la inquisición.

Aunque la iglesia está cerrada y en ruinas desde hace mucho tiempo, muchos de los que pasan por ahí de noche, dicen haber oído ruidos extraños y haber visto unas sombras muy parecidas a lo que es la vestimenta negra de un sacerdote.

Ese monje sigue pidiendo ayuda para encontrar su cabeza.

Esto sucedió en una casa ubicada en el Barrio de la Pila Seca, en Toluca. Vivía ahí una familia con su hijo de seis años, quien por las noches veía a una viejecita arrodillada y rezando junto a su cama, que desaparecía cuando se encendía la luz del cuarto.

Por las noches se escuchaba que se caían objetos en la cocina, y se sentía un viento frío, aún cuando las puertas y ventanas estaban bien cerradas. Continuamente aparecían alacranes, mariposas negras y los perros se quedaban observando algo que sólo ellos veían.

Me llamaron para que revisara energéticamente la casa, ya que ese es mi trabajo. Detecté que no había tesoros enterrados como había sido la creencia de los padres del niño, sino cadáveres enterrados por todos lados.

Al estar dibujando el plano de la casa, sentí una presencia que tomó mi mano, y como si fuera una niña que está aprendiendo a escribir, me dirigió para escribir que por favor dejáramos de molestarlos y que nos fuéramos de ahí.
Intuitivamente, reconocí que esa presencia era la madre de un joven muerto, cuyo cadáver estaba enterrado en esa casa y que a pesar de ya estar muerta ella, seguía rezando porque nunca supo del fallecimiento del joven.

Esta casa tenía una energía muy pesada; al estar ahí, yo sentía escalofríos y veía sombras que se cruzaban por todo el espacio.

Tanto me asusté que salí de ahí prácticamente huyendo.

Después de checar en el Registro Público de la Propiedad se descubrió que a principios del siglo pasado ese lugar había sido un panteón.

Finalmente se mudaron de ahí después de que una noche los perros aullaban, las cortinas se movían y las cosas de su cuarto comenzaron a caer.

Al poco tiempo vi que esa casa tenía un letrero de ¡SE VENDE! ¡Cuidado, cuando vayas a comprar una casa. Primero conoce sus historia!

Se cuenta que en el domicilio que se ubica en Calle Galeana, cerca de lo que es hoy el puente sobre la Av. Ayuntamiento, Cd. de México, vivía un matrimonio con su pequeño hijo.

Hubo un tiempo en que el pequeño se mostraba sumamente nervioso y preguntaba a sus padres ¿Quién juega y llora en la azotea todas las noches?, los padres no le tomaban ni la más mínima importancia, y decían: “ha de ser un gato ¡duérmete!”.

El pobre niño despertaba a media noche asustado, porque sobre el techo de su cama se escuchaban gemidos, y el sonido de una lata rodando continuamente de un lugar a otro. Llamaba a sus padres, pero éstos desde su habitación le ordenaban volver a dormir. Incluso intentaba dormir con ellos, pero se lo impedían.

Una de tantas ocasiones, el matrimonio fue despertado a mitad de la noche por un grito de terror proveniente de la habitación del niño. Después de eso no pudieron encontrarlo por ningún lado. Dieron aviso a las autoridades y al siguiente día, al volver a casa después de un largo día buscando a su hijo, vieron un bote atado con un lazo colgando de la azotea.

Con algo de enojo el hombre sube a la azotea, y ve otro bote tirado sobre el techo de la recamara de su hijo, al acercarse ve a su hijo en un rincón, sentado en cuclillas, abrazando sus piernas, con el cuerpo totalmente arañado, y su rostro muestra un gesto de infinito terror…¡Sin vida!

El matrimonio se mudó, pero en su nuevo hogar, a media noche los despertó el sonido de un bote rodando en la azotea, y parado frente a su cama, vieron a su hijo diciendo: “Me asusta el ruido de allá arriba”.

Después de eso no lo volvieron a ver, pero cada año en el aniversario de su muerte, se escucha el ruido del bote y el llanto del niño.

Dieciocho años duró el tormento al que un hombre sometió a su familia, tiempo en la que la tuvo secuestrada, explotada, amedrentada, mal alimentada y en un ambiente sucio y mal oliente. El maltrato físico y psicológico era el alimento diario de los niños.

Sucedió en la misma casa donde sus hijos nacieron, en la que además de ser realmente una prisión era también un panteón, pues en ella el hombre enterró a dos hijas que murieron muy pequeñas.

Posiblemente no sabes de este caso, quizá no habías nacido o aún estabas pequeño, pero fue un caso real descubierto en 1959.

Sucedió en la Cd. de México, allá por el rumbo del monumento La Raza, en una casa que era conocida como “La casa de los Macetones”.

Un hombre llamado Rafael encerraba diariamente a su familia, poniéndole llave a la puerta de la entrada; todo con el argumento de protegerla de las maldades del mundo.

Fue un caso que impactó a la sociedad mexicana, tan peculiar en esa ocasión que hasta fue llevado a las pantallas grandes en 1972, con el nombre de “El Castillo de la Pureza”.

Rafael era su nombre, una persona totalmente desadaptada al mundo real de esa época. Él veía un mundo contaminado por la corrupción, la mentira y el crimen, y por supuesto, no quería que su familia se contaminara de ello.

Para alejar a sus hijos de cualquier tentación decidió que jamás irían a la escuela. Hasta los nombres de los hijos eran especiales; Indómita, Bienvivir, Librepensamiento, Soberano, todos de apellido Pérez.

Durante 18 años se portó como un tirano, exigía de su familia respeto y devoción, se consideraba dueño de sus hijos. Era estricto con ellos y los obligaba a trabajar largas horas en un taller que tenía dentro de la casa, donde fabricaba y experimentaba con veneno para ratas, mismo que vendía por su cuenta.

La disciplina era muy rigurosa, de acuerdo a lo que él pensaba que debía ser. Los amenazaba con castigarlos si cometían errores o desobedecían.

Durante ese tiempo permanecieron encerrados los hijos, sin conocer nada del mundo. Nunca habían salido a la calle; ignoraban cómo eran las cosas afuera.

El hijo mayor, Librepensamiento, sabía por instinto que del otro lado de las paredes de su casa había algo distinto a las ruinas de la casa donde vivían.

Una vez, ya adolescente, cansado de tanto trabajar para su padre, el muchacho se subió a la copa de un árbol que estaba dentro de su patio y pudo observan cómo eran las cosas afuera.

Uno de sus hermanos lo acusó con su padre y Librepensamiento fue dura y salvajemente castigado; fue encerrado en un cuarto oscuro y estrecho, reservado exclusivamente para los castigos mayores, dejándolo sin comer por tres días.

Después de este hecho Rafael espiaba a su familia a través de agujeros que abrió en puertas y paredes.

Un día, en su afán por liberarse de su padre, la hija, adolescente ya, lanzó una piedra a la calle envuelta por un papel escrito pidiendo los rescataran. Fue hasta el tercer intento cuando alguien pudo ayudarlos.

Llegó la policía junto con algunos medios y pudieron ver las condiciones infrahumanas en las que vivía esa familia. Se llevaron a Rafael, quien fue juzgado por secuestro y enviado a la temible presión del “Palacio Negro” de Lecumberri, donde no soportó las agresiones de los compañeros y finalmente, se ahorcó en 1972.

Se crearon varias leyendas sobre este asunto, pero durante mucho tiempo la historia de esta casa sirvió para que las madres asustaran a sus hijos, amenazándolos con mandarlos a la “La Casa de los Macetones” si se portaban mal.