Cuando no logramos alcanzar los objetivos que nos propusimos, o ante una situación en la que un deseo, un proyecto, una ilusión o una necesidad no se satisface o no se cumple, nos sentimos frustrados.

Claro que todos nos hemos sentido frustrados en alguna medida, y ante ciertas circunstancias, pero algunos han sabido manejar razonablemente bien tales sentimientos.

Cuando esto sucede, nos invade la ansiedad y la rabia; nos deprimimos, angustiamos, etc.; nos vienen sentimientos y pensamientos que pueden ser auto-destructivos para algunos. En grado extremo, sobre todo si no se sabe manejarla, una frustración puede representar pérdida, derrota, fracaso, etc.

En el mundo de los emprendedores, sobre todo en las micro y pequeñas empresas, en donde los CEO’s desconocen muchos de los detalles de los negocios, las frustraciones son frecuentes.

Imagínese si Edison se hubiera sentido frustrado con los primeros intentos de inventar el foco, quizá ahorita nos alumbraríamos todavía con velas. 

Los futbolistas delanteros, cuya misión es anotar goles, saben bien que para anotar un gol tienen que hacer muchos intentos. 

Un depredador como el leopardo, tiene éxito al cazar su presa sólo uno de cada cinco o seis intentos; el hambre y la necesidad lo motiva a reintentarlo cuantas veces sea necesario.

En estos tres ejemplos los protagonistas siempre lo vuelven a intentar, y para tener mejores resultados buscan mejorar sus técnicas, aplican lo aprendido y buscan nuevas oportunidades.

Ten cuidado amigo, porque los sentimientos de frustración pueden provocar en la gente sentimientos de minusvalía, falta de confianza en sí mismos y en los demás; pueden hacerlos rendirse y enterrar su potencial, disminuyendo las posibilidades de salir triunfantes en la vida.

Actitudes de la gente con baja autoestima en extremo:

Desconfianza, irresponsabilidad, dependencia, rigidez, inconstancia, etc. Estas personas tienden a ser, en alguna medida, impuntuales, mentirosas, preocupadas, descuidadas consigo mismas, irreverentes, quejosas, manipuladoras, tímidas; llevan una carga muy pesada de culpas y caen fácilmente en violencia intrafamiliar, ya sea como víctimas o victimarios.

Las personas con baja autoestima tienden a ser y sentirse víctimas ante circunstancias negativas. 

De la misma manera, estas personas, inconscientemente están reprimiendo su potencial de liderazgo, ese que todos tenemos, y que la mayoría de las veces está oculto, dormido y esperando a que la voluntad lo despierte.

Cuidado, porque la baja autoestima se manifiesta como un círculo vicioso y es contagiosa. La carencia de ella hace que las personas fácilmente acumulen resentimientos y les cueste trabajo perdonar.

Si tú padeciste de agresión, violencia verbal o física, rechazo, menosprecio, etc., en tu niñez, que te marcaron de una manera negativa en tu adultez y vienes arrastrando algunos sentimientos que te impiden vivir en equilibrio, te invito a que veas la vida con orgullo, y con coraje reclames una mejor posición en el mundo, el lugar al que tienes derecho con tu trabajo. 

La gente con buena autoestima hace un mejor mundo, por ello te pido que empieces a cuidar y mejorar tu autoestima, no sólo la tuya, sino la de tu familia y principalmente la de tus hijos, es la mejor herencia que puedes dejarles.

Mientras tanto ve poniendo atención en qué piensas de ti mismo y cómo actúas ante los demás.

Para sentirte fuerte, protegido, seguro, confiado y con valentía para enfrentarte a todas las vicisitudes de la vida con mayores probabilidades de éxito en tu negocio, debes proteger tu autoestima y desarrollarla a un nivel sano.

Como su nombre lo dice, la autoestima es la valoración que tenemos de sí mismos, la estimación propia de lo que somos y de nuestra originalidad, y se refleja en el cuidado de uno mismo, en el nivel de vida que tenemos, en el manejo de nuestros problemas, en nuestras relaciones, etc.

Una persona con un buen nivel de autoestima vive muy diferente a aquella que no la tiene.

Tu nivel de vida, el monto de tus ahorros en el banco y la forma como te llevas con los demás es un buen indicativo de tu nivel de autoestima.

Igualmente, tus palabras, tu confianza en ti mismo, tus expectativas en la vida y las cosas que crees merecer dicen mucho de cuánto te aprecias.

Quererte a ti mismo también se refleja en el respeto que te tienes; las personas con buen nivel de éste se levantan rápido de sus caídas y ven las derrotas como aprendizaje y como parte de las experiencias necesarias para crecer.

Ten cuidado porque, lo contrario puede hacerte muy vulnerable a la frustración, a sentir miedo y no merecedor de ser exitoso, a auto-sabotear tus objetivos y metas, a  la depresión y hasta las enfermedades.

El alto valor que tienes de ti mismo, te ayudará a enfrentarte a las batallas diarias de la vida y te hará más competente.

Primeramente hay que tomar en cuenta que la vida está llena de aciertos y fallas, que todo se da por probabilidades, y que en ciertos terrenos son mayores los intentos que hay que realizar para lograr un acierto.

Es probable que no nos hayamos entrenado bien desde niños en el manejo de las frustraciones. Probablemente a nuestros padres les faltó poner límites a nuestras exigencias.

También es importante reconocer que aunque hayamos tenido un buen entrenamiento y el ambiente adecuado para aprender a manejar las frustraciones, todos tenemos nuestros límites, por muy sanos y maduros que seamos.

Muchas veces la causa de las frustraciones procede de haberse planteado unas metas o expectativas poco realistas, se llega a esperar más de lo que la realidad y las circunstancias nos permiten alcanzar.

Otro aspecto es considerar que los obstáculos que se nos pueden presentar en el camino muchas veces no dependen de uno. El entorno, las circunstancias, incluso nuestras propias capacidades son variables que nosotros no podemos controlar y que influyen directamente en los resultados.

Y ya en última instancia, si todo fue calculado y no conseguimos el objetivo, tal vez sea conveniente contar nuestro porcentaje de bateo y de medir nuestras aproximaciones al logro del mismo. Es muy probable que después de algunos intentos estemos cada vez más cerca de lograrlo, y las probabilidades de éxito para el siguiente intento sean cada vez más altas.

Un poco de madurez y de autocontrol pueden ayudarnos a ajustar nuestras expectativas a la realidad y no caer en las fantasías o en la exagerada ambición.

La frustración es parte de la vida, no podemos evitarla ni huir de ella, pero sí podemos aprender a manejarla y superarla.

Aquellos que sienten que el mundo gira entorno a lo que desean, se topan muchas veces, con una realidad impredecible, donde las frustraciones son muy comunes.

Sus deseos, objetivos, metas y aspiraciones no satisfechos, pueden crearle un sentimiento de impotencia. La consecuencia de no haber logrado lo que pretendían les provocará, también, sentimientos de enfado, tristeza o rabia.

Dependiendo del grado de madurez de la persona y de la fuerza de la frustración, cada uno vivimos de forma diferente las frustraciones, pero todos tenemos en común la sensación de desánimo y decepción que produce el no logro.

El impacto o resultados de las frustraciones se pueden manifestar en dos sentidos opuestos, con sus situaciones intermedias:
– Muchas personas se deprimen y desesperan, viendo sólo el resultado negativo de la experiencia frustrante sin aprender nada de ella.
– Otras personas salen fortalecidas porque han aprendido y reflexionado sobre esa experiencia.

Sin embargo, y esto es lo importante, muchas personas deciden actuar inteligentemente, buscando superar la frustración y aprender a manejarla.

Tolerancia a la frustración:

Tolerancia es respetar, aguantar, soportar con paciencia y con respeto algo que no compartimos o no entendemos. Cada quien posee un grado diferente de tolerancia a la frustración.

Las personas con baja tolerancia se enfadan o se ponen tristes ante el más mínimo deseo insatisfecho o meta no lograda. Les ocasiona un enorme esfuerzo superar las frustraciones y se sienten desmotivadas para volver a intentar nuevamente y llegan a sentirse fracasadas a la menor contrariedad.

Por otro lado, las personas con alto nivel de tolerancia a la frustración poseen una gran fortaleza y equilibrio ante situaciones adversas, y aunque se llegan a frustrar requieren de un altísimo grado de impacto para sentirse frustradas.

Lo más grave de la inmadurez es la óptica miope que se tiene de la vida: sólo consideramos lo inmediato. La vida funciona mejor con estrategias a largo plazo, y cada pequeña derrota personal que nos aflige en el camino, no es más que una sabia preparación para ayudarnos a ganar las siguientes veces que intentemos lograr algo.

El dolor, la frustración, el desengaño que causan las frustraciones no son castigos; son cosas positivas, son lecciones si se saben considerar con la perspectiva adecuada.

El comportamiento de un iluso, inmaduro, desesperado o de cualquiera que su visión sea sólo de corto plazo es como la de el jugador inexperto de ajedrez: mueve sus peones alegremente, buscando resultados inmediatos y no piensa en las consecuencias ulteriores de sus movimientos. Se excita e ilusiona prematuramente si consigue alguna ventaja parcial y, finalmente, se frustra cuando pierde la partida.

Frecuentemente, estos últimos, se rebelan contra su suerte cuando ésta les es adversa y tratan de modificar el curso de los acontecimientos para acomodarlos a sus deseos. El resultado es que su frustración no conoce límites.

Por el contrario, las personas maduras, con visión de largo plazo analizan objetivamente todas las posibilidades. Piensan en el resultado final y no se inquietan por los pequeños reveses que ha previsto ya como inevitables.

Estos últimos aceptan las cosas como vienen y tratan de fluir con ellas. En lugar de intentar modificar el destino, se adaptan a los acontecimientos, y cuando algo no sale como ellos lo habían previsto, buscan enseguida modificar su óptica.

Todos nos hemos sentido frustrados por algo; porque no ganó la selección, porque perdió nuestro partido político, porque no nos invitaron a la fiesta, etc.

Las frustraciones son bastante comunes en nuestra sociedad, donde abundan las personas que se dejan llevar por sus emociones, y que confunden sus sueños e imaginaciones con la realidad.

Muy cierto, las frustraciones se producen cuando nuestras expectativas no coinciden con los hechos reales; y no es tanto el resultado, sino el hecho de que los acontecimientos no se produzcan como uno esperaba.

La verdad es que los acontecimientos no siempre se darán del modo que queremos o que nos conviene, aspecto que a muchos les resulta difícil aceptar, esto es porque seguramente sus expectativas no tenían buenos fundamentos, y para no sentirse mal por su equivocación le echan la culpa a otros.

¿Por qué sucede esto? Los especialistas del tema aseguran que es por no haber analizado bien las probabilidades de que las cosas fueran como queríamos o esperábamos, es hacerse ilusiones con algo; también aseguran que es, en buena medida, falta de madurez.

Con madurez, nos hacemos menos ilusos, y no es que esperemos menos de la vida, sino que ajustamos nuestras expectativas a la realidad.

Las personas ilusas o inmaduras son más propensas a las frustraciones; tienen una idea subjetiva del mundo y “todos sus deseos los transforman inmediatamente en expectativas”.

Estas personas no toman en cuenta los imponderables y los factores variables. Están tan centrados en sí mismos que todos lo toma de manera personal. En la adversidad, culpan al destino o a otra persona de actuar contra ellos, y jamás se detienen a pensar que pueden ser ellos los equivocados.


Siempre ocurre lo que tiene que ocurrir, lo mejor; aunque a veces, nuestra apreciación subjetiva nos haga ver un mal donde solamente hay un bien disfrazado. El dolor, la frustración, el desengaño no son castigos; son cosas positivas; son lecciones si se saben considerar con la perspectiva adecuada.

Observa a un jugador inexperto de ajedrez: mueve sus peones alegremente, buscando resultados inmediatos, sin pensar en las consecuencias ulteriores de sus movimientos. Se excita e ilusiona prematuramente si consigue alguna ventaja parcial y, finalmente, se frustra cuando pierde la partida. Este es el mismo comportamiento en la vida de las personas inmaduras.

La gente con algo de experiencia, por el contrario, analiza objetivamente todas las posibilidades. Piensa siempre en el resultado final y no se inquieta por los pequeños reveses que ha previsto ya como inevitables. El inmaduro se rebela contra su suerte cuando ésta le es adversa y trata de modificar el curso de los acontecimientos para acomodarlos a sus deseos. El resultado es que su frustración no conoce límites.

La actitud del sabio es diferente. Acepta las cosas como vienen y trata de fluir con ellas. En lugar de intentar modificar el destino, que es inevitable, se adapta a los acontecimientos. Cuando algo no sale como él lo tenía previsto, busca enseguida modificar su óptica.

La frustración es moneda corriente en nuestra sociedad, compuesta en su mayoría por individuos emocionales e inmaduros que confunden sus sueños e imaginaciones con la realidad. Pero esto no existe para el hombre de experiencia que tiene su vista puesta en el horizonte y sabe que cada tropezón, al fin y al cabo, le acerca más rápidamente a su objetivo.

¿Por qué las emociones se manifiestan en el cuerpo?

La ansiedad y la depresión, trastornos que están en aumento en el país, se deben a la forma en que manejamos nuestras emociones cotidianas, aseguran los psicólogos; “son fuerzas biológicas automáticas, que no deben ignorarse”, y para que no nos afecten conviene aprender a manejarlas.

Aseguran también, que “cuando la mente frustra el flujo de emociones demasiado abrumadoras o demasiado conflictivas, se ejerce presión sobre la misma mente y el cuerpo, creando angustia y síntomas psicológicos”.

El reto está, justamente, en no permitir que algo nos lastime y enoje, o que ninguna emoción permanezca en nosotros por mucho tiempo.

Entonces, ¿qué debemos o podemos hacer con ellas?
• Tratar de entender qué es lo que crea nuestras emociones.
• Identificar qué emociones acompañan a cada una de nuestras experiencias.
• Identificar lo que nos molesta y buscar la manera de solucionarlo.
• Entenderlas, reconocerlas y aceptarlas.
• Entender que son automáticas e inconscientes.
• Reinterpretar nuestras malas experiencias o buscar su parte buena o conveniente.
• Reconocer y separar cada emoción, darles un nombre y atenderlas de una en una a la vez.
• Procurarnos experiencias gratificantes.
• Aceptar que nuestro bienestar físico, emocional y espiritual son responsabilidad nuestra.
• Mejorar nuestra percepción de los problemas y conflictos.
• Descubrir cómo podemos intervenir para cambiar situaciones incómodas.
• Cuando te sientas triste, decepcionado, frustrado, date permiso de llorar, eso te evitará muchos problemas de salud.
• No permitamos que experiencias del pasado nos perturben.
• Utilicemos, razonablemente, nuestra capacidad de adaptación a nuevas circunstancias.

¿Cómo nos llegamos a sentir frustrados en nuestros negocios?

• Cuando nuestras expectativas o las exigencias internas y externas rebasan nuestras capacidades.
• Cuando se pierde la objetividad y se aleja uno de las realidades en las que nos ubicamos.
• Cuando nuestros objetivos y metas no responden a una planeación con opciones.
• Cuando no entendemos el proceso y nos brincamos los pasos necesarios para su consecución.
• Cuando nos dejamos llevar por la ansiedad y desesperación.

Estos y otros aspectos, sumados a niveles altos de susceptibilidad, sensibilidad y baja autoestima pueden ocasionar derrotas y llevar a la frustración, si no se saben manejar las experiencias.

Causas de frustración:

Como todo, si no estamos entrenados lo suficiente en el manejo de las frustraciones, éstas pueden dañar nuestra autoestima en el presente y futuro.

“Las situaciones con las que hemos convivido desde pequeños, nos prepararon y nos habituaron ante estos factores o nos volvieron más vulnerables, esto de acuerdo a que las personas difieren considerablemente en sus reacciones ante la frustración y al estrés”.

La frustración, en la mayoría de los casos tiende a ser acumulativa, por lo que en una persona, al vivir una serie de situaciones frustrantes de pequeña o mediana importancia, se le van sumando y al final éstas logran desequilibrar la vida del individuo.

Las personas con alta tolerancia a la frustración tienden a ser mucho más flexibles, lógicas, racionales y más tranquilas en sus pensamientos, su conducta y en su enfoque general de la vida, así también mucho menos propensos a sufrir problemas de salud mental como resultado. También son mucho menos propensos a postergar todo y tratan de resolver los problemas como una prioridad.