Se cuenta que en el domicilio que se ubica en Calle Galeana, cerca de lo que es hoy el puente sobre la Av. Ayuntamiento, Cd. de México, vivía un matrimonio con su pequeño hijo.

Hubo un tiempo en que el pequeño se mostraba sumamente nervioso y preguntaba a sus padres ¿Quién juega y llora en la azotea todas las noches?, los padres no le tomaban ni la más mínima importancia, y decían: “ha de ser un gato ¡duérmete!”.

El pobre niño despertaba a media noche asustado, porque sobre el techo de su cama se escuchaban gemidos, y el sonido de una lata rodando continuamente de un lugar a otro. Llamaba a sus padres, pero éstos desde su habitación le ordenaban volver a dormir. Incluso intentaba dormir con ellos, pero se lo impedían.

Una de tantas ocasiones, el matrimonio fue despertado a mitad de la noche por un grito de terror proveniente de la habitación del niño. Después de eso no pudieron encontrarlo por ningún lado. Dieron aviso a las autoridades y al siguiente día, al volver a casa después de un largo día buscando a su hijo, vieron un bote atado con un lazo colgando de la azotea.

Con algo de enojo el hombre sube a la azotea, y ve otro bote tirado sobre el techo de la recamara de su hijo, al acercarse ve a su hijo en un rincón, sentado en cuclillas, abrazando sus piernas, con el cuerpo totalmente arañado, y su rostro muestra un gesto de infinito terror…¡Sin vida!

El matrimonio se mudó, pero en su nuevo hogar, a media noche los despertó el sonido de un bote rodando en la azotea, y parado frente a su cama, vieron a su hijo diciendo: “Me asusta el ruido de allá arriba”.

Después de eso no lo volvieron a ver, pero cada año en el aniversario de su muerte, se escucha el ruido del bote y el llanto del niño.

Cuando me enteré de esto, dejé de quejarme de las inundaciones de mi colonia.

Fue una inundación en lo que ahora es la CDMX, que duró cinco años, y que prácticamente hizo desaparecer la ciudad.

El 21 de septiembre de 1629 inició un tormentón que duró más de 36 horas.

Fue un hecho real; no hay fotos pero está registrado en los Archivos de la Nación de España; además, en la esquina de Motolinía y Madero está incrustada una cabeza de león, que indica hasta dónde llegó el agua.

Los indígenas pensaban que sus dioses estaban castigando a aquellos que habían invadido sus territorios. Por su parte, muchos españoles creían que la inundación era  un castigo por los pecados que habían cometido.

Los mexicas sabían bien de este tipo de problemas, ya habían enfrentado inundaciones parecidas; ellos habían construido muros de contención y acueductos, con los que no sólo se podían abastecer de agua limpia para su consumo, sino que también podían evitar las inundaciones.

Sin embargo, los españoles los habían derribado por lo que no tenían manera de liberarse del agua. Imagínate el drama y la tragedia que se vivió.

La ciudad quedó bajo dos metros de agua y en algunas zonas hasta tres. Muchas casas se derrumbaron, otras estaban inundadas y algunos sólo podían estar en la azotea o en un segundo piso. 

Se realizaban misas en las azoteas y la gente las escuchaba también en éstas o en los balcones de las casas de junto o de enfrente. La gente pedía con lágrimas un milagro para acabar con la tragedia. 

La ciudad se quedó prácticamente sin gente. Los españoles que pudieron y tenían recursos, emigraron, y en su mayoría, se asentaron en Puebla; “de las 20 mil familias de españoles que había en esos momentos en la ciudad, sólo permanecieron 400”.

Fue hasta 1634 que pudo sacarse toda el agua de la ciudad y empezar la reconstrucción.

Era el año 1600, cuando don Tristán de Alzúcer llegó a lo que es ahora la CDMX, buscando enriquecerse y abrirle buen camino a su hijo del mismo nombre, para lo cual se dedicó al comercio. 

Después de recorrer algunos barrios, don Tristán se fue a radicar por el rumbo de Tlaltelolco y allí mismo instaló su comercio que atendía con la ayuda de su hijo.

Don Tristán tenía un buen amigo y consejero, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su negocio para conversar. Junto con unos vinitos, allí platicaban de las cosas que los identificaban pues habían nacido en el mismo pueblo.

Todo iba muy bien en el comercio de don Tristán, que decidió ampliarlo, para lo cual envió a su hijo al Sureste del ahora México, a buscar nuevos productos.

La mala suerte hizo que el joven Tristán enfermara a tal grado, que se temió por su vida; don Tristán preocupado por ello, se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta su santuario, si su hijo se aliviaba. 

Semanas más tarde el muchacho regresaba sano a la casa de su padre, quien feliz lo estrechó entre sus brazos.

Vinieron tiempos de bonanza en el negocio, y tan ocupado estaba don Tristán que se olvidó de su promesa; sin embargo, en las noches le invadía el remordimiento al recordar la promesa hecha a la Virgen.

Un día fue a visitar a su amigo y consejero, el Arzobispo, para hablarle de la falta de cumplimiento de su promesa y que le dijera qué hacer, ya que de todos modos le había dado gracias a la Virgen en sus rezos. 

-Bastará con eso, -dijo su amigo-, si rezaste a la Virgen dándole las gracias, ya no hay necesidad de cumplir lo prometido.

Don Tristán se fue a su casa muy complacido, olvidando la promesa de la que lo había relevado el Arzobispo.

Pero un día, apenas amanecía, el Arzobispo caminaba por la calle de La Misericordia, cuando se topó con don Tristán, quien ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha.

¿A dónde vas a estas horas, amigo Tristán?, le pregunto el Arzobispo.

– “A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen”, respondió con voz hueca y tenebrosa, el comerciante.

El Arzobispo lo dejó avanzar, pero esa noche decidió ir a visitarlo para pedirle que explicara por qué decidió ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen, pero lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba con gran pena.

Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.

-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre sollozos, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.

Con esto el Arzobispo se dio cuenta que don Tristán ya estaba muerto cuando lo encontró por la calle. En su ánimo se sintió culpable de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.

Pasaron los años… Tristán hijo, regresó a España, pero el alma de su padre continuó por mucho tiempo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido, por la misma calle, a la que la gente nombró después, “El callejón del muerto”.

La Subprocuraduría Especializada en investigación de Delitos ha realizado varias incautaciones exitosas en el año 2018, logrando incautar más de 500 mil productos ilegales. Estos acontecimientos aparentan ser cada vez más frecuentes, ya que en el mes de octubre de 2018 elementos de la Procuraduría General de la República (PGR), aseguraron en la Ciudad de México más de 60 mil rastrillos de dudosa procedencia. 

Derivado de investigaciones realizadas por la Unidad Especializada en Investigación de Delitos contra los Derechos de Autor y la Propiedad Industrial (UEIDDAPI), se cumplimentaron dos órdenes de cateo en la capital del país en cuatro locales.  

Estos locales, cuya función aparentemente no era exclusiva para la venta, contaban con máquinas imprentas donde se fabricaban las distintas tarjetas e inclusive con las herramientas necesarias para hacer el ensamblaje de las tiras de rastrillos de dudosa procedencia.

Sin duda alguna, todos estos casos de éxito han logrado que las autoridades mexicanas estén alertas, cada vez más, con el tema de la piratería, resultando en cateos e incautaciones de productos de dudosa procedencia, tales como: rastrillos, vestimenta, perfumes, artículos de belleza y algunos alimentos y bebidas.

Ante esta situación, es importante recalcar que la legislación federal establece que la pena para quien elabore distribuya y/o venda productos piratas será de prisión de dos a seis años, clausura temporal o definitiva y/o multa hasta por $1,612,000.00 pesos.

Después de enterarte de este suceso quizá ya no te preocupen tanto las inundaciones de tu colonia.

Es histórico; hubo una inundación en lo que es ahora la CDMX que duró cinco años y que prácticamente hizo desaparecer la ciudad.

El 21 de septiembre de 1629 inició un tormentón que duró más de 36 horas y la inundación que provocó duró cinco años.

Los indígenas llegaron a pensar que sus dioses estaban castigando a aquellos que habían invadido sus territorios. Por su parte, muchos españoles creían que la inundación era un castigo a los pecados que habían cometido.

No había manera de liberarse del agua. Los sistemas de desagüe eran completamente insuficientes.
Apenas había transcurrido un siglo de la conquista, y los españoles ignoraban el tipo de tormentas que ocasionalmente se daban en la zona, por lo que no tomaron ninguna previsión al respecto cuando construyeron sus casas.

Los mexicas sabían muy bien de este tipo de problemas, ya que se enfrentaban a recurrentes inundaciones, pero ellos tenían su propio sistema para controlar la entrada y salida del agua, lo hacían a través de muros de contención y acueductos; con éstos, eran capaces no sólo de abastecerse de agua limpia para su consumo sino que también podían evitar las inundaciones.

La inundación sucedió no sólo por la fuerte lluvia y el tiempo que duró, sino también porque habían cerrado la salida del desagüe principal que estaba en Huehuetoca, lo hicieron para evitar se destruyera, ya que apenas estaba en construcción; esto estaba evitando la salida del agua de la ciudad. Cuando se dieron cuenta de su error ya era demasiado tarde.

Los 80’s también tuvieron sus aspectos buenos:

En la ahora CDMX el transporte creció a un ritmo acelerado; se construyeron tres líneas del Metro, además del Tren Ligero.

En Iztapalapa, se inició la construcción de la Central de Abastos, inaugurándose en 1982.

Se creó la Ruta 100 que cubría, principalmente, rutas foráneas hacia el DF, como Cuajimalpa, Tlalpan, Xochimilco y Tláhuac.

Se reemplazaron los taxis colectivos por combis, que dieron lugar a las llamadas “Peseras”.

En 1984 se inauguró la Torre Ejecutiva de Pemex.

En 1988 se comenzaron a instalar los primeros servicios privados de internet en hogares y oficinas.

En 1989 inició la construcción de la Torre Mayor, la cual concluyó hasta el año 2003.

Los 80’s también fue la década donde pudimos disfrutar la música de Parchis, Timbiriche, Menudo, Flans, Michael Jackson, entre otros.

Tuvimos la satisfacción de ver a Fernando Valenzuela triunfar en las Ligas Mayores de beisbol con los Dodgers que hizo magia en Estados Unidos. Además, fue la época de oro de Hugo Sánchez máximo goleador extranjero de la Primera División de España durante más de veinte años.

Las primeras computadoras digitales en nuestro país fueron instaladas a finales de los años ochenta en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Esta década representa la evolución de nuestra sociedad. “Así fue en la década de los 80’s, un tiempo genial en el que la población creció, sufrió, se reformó y volvió a nacer”

El rock, la música electrónica, el naciente “pop” y otros géneros identificados con la juventud, traían consigo una actitud de rebeldía y de romper con los patrones establecidos.

No se trata de los personajes ni del tema de la película del mismo nombre, éstos son otros, verdaderamente macabros.

Se supo que, todavía hasta finales del siglo pasado, allá por una de las orillas del Cerro de la Estrella de Iztapalapa, con alguna frecuencia se reunían en las noches grupos de jóvenes a ingerir bebidas alcohólicas; lo hacían, entre otras cosas por la privacidad, por la aventura, porque no querían que los viera alguien y para que nadie los molestara.

Como sabemos, en muchas reuniones y después de unos cuantos tragos, risas, bromas y recuerdos vergonzosos, nunca falta quien eche a perder el rumbo de la velada.

En esta leyenda, de la historia que más se supo, fue la del grupo en el que iba Gloria, que de un momento a otro comenzó a llorar de una forma algo extraña, gritando que alguien los observaba desde la oscuridad, según ella eran unos hombres pálidos, tanto que parecían muertos; estaban vestidos con una capa completamente negra.

Negándose los demás a interrumpir la fiesta, tomaron aquello a tono de burla, y las risas les duraron un buen tiempo. Observando que a la mujer no se le pasaba el espanto, decidieron llevarla hasta el sitio donde decía los observaban para que se convenciera de que ahí no había nada.

Llegaron todos al lugar que decía Gloria, miraron alrededor, sin encontrar a nadie, fue entonces que Gloria se calmó. Ya de regreso al punto de su reunión, se sorprendieron un poco con los gritos de otra de las muchachas, la cual les decía que unos hombres de negro estaban ahí. Los chicos se molestaron un poco, y las reprendieron por la broma de mal gusto, alegando que una vez fue divertido, pero dos, ya era molesto.

Cambiaron de puestos, para evitar la misma situación, enviaron a las jóvenes a la parte de en medio y los hombres se colocaron en las orillas; fue entonces que Marco, se quedó viendo fijamente hacia el punto donde habían comentado las muchachas estaban esos que los observaban.

De pronto, Marco soltó un grito de espanto profundo, que les hizo a todos levantarse de un salto con las instrucciones precisas y claras ¡Corran! Iban de prisa hacia el auto mientras atrás de ellos, los hombres vestidos de negro se desplazaban con gran velocidad, saliendo de las penumbras y dejando ver lo que las chicas habían descrito.

Eran unas figuras delgadas, vestidas completamente de negro y con los rostros de muertos, que les dieron alcance como si sus pasos fueran gigantescos, a pesar de que sus cuerpos no se movían al darlos.

Estas figuras pasaron en medio de la fogata que habían encendido los muchachos sin quemarse y sin esparcirla, y en el momento en que estaban montados en el auto, simplemente las figuras lo atravesaron, tornándose en una visión transparente, que sólo desapareció ante sus ojos.

Sin saber qué o quienes son, se reportan estas apariciones en muchos lugares de la zona; no se sabe que hayan causado un daño más allá del susto. Este y otros casos dieron origen a la “Leyenda de los Hombres de Negro”, que observan desde las sombras, siendo vistos por las personas, una a la vez, no todos en grupo, saliendo de las penumbras para correrlos del lugar.

En el momento en que el avión golpeó con el asfalto, empezó a incendiarse y a golpear con la panza a más de 26 vehículos, aplastado a unos e incendiando a la mayoría, afectando trágicamente a sus ocupantes.

Finalmente, el avión se partió en dos; la cola del mismo pegó contra muchas viviendas ubicadas a un lado de la carretera, dejando una estela de fuego y muerte a su paso. El resto fue a parar precisamente al restaurante “Tras Lomita” donde terminó explotando.

Se trató de un Boeing 377 de la línea aérea de Carga Belice Air, con casi 40 años de servicio; un antiguo bombardero de la II Guerra Mundial acondicionado para carga civil.

Llevaba ocho personas y 18 caballos de salto a bordo. Provocó la muerte a 58 personas y dejó heridas a otras 62.

Veinte personas que aun estaban comiendo en el restaurante murieron cuando repentinamente la parte delantera del avión, envuelta en llamas, entró en el salón.

Increíblemente, “tres de los miembros de la tripulación, incluido el piloto de 49 años, y el copiloto de 61, ambos norteamericanos, y dos de los cuatro miembros del equipo a cargo de los caballos, lograron salvar la vida. Sólo dos de los caballos sobrevivieron, pero la policía remató a uno de ellos, ya que había quedado muy malherido tras el accidente”.

La causa, se dice, fue el exceso de peso, pero oficialmente fue una falla en uno de los motores por un corto circuito, lo que le impidió alcanzar la potencia necesaria para elevarse.

Los pilotos habían sido detenidos, pero el reporte oficial los liberó de cualquier responsabilidad y salieron libres al poco tiempo.

Fue un jueves por la tarde, precisamente el 30 de Julio de 1987, a eso de las 17 hrs., cuando sobre la carretera México- Toluca, allá en la zona de Palo Alto, un aeroplano de carga cayó sobre varios vehículos y fue a terminar en el restaurante “Tras Lomita”, conocido también como “La Cocina de El Tras”.

El avión recién había salido del aeropuerto “Benito Juárez” de la Ciudad de México con rumbo a Miami, Florida; pocos minutos después del despegue el piloto notó que había problemas para elevarse y se dio cuenta que no podía correr el riesgo de regresar al aeropuerto, pues podría caer en alguna colonia antes de llegar a la pista.
Estaba volando por la ciudad a baja altura; como pudo esquivó dos edificios contra los cuales estuvo a punto de estrellarse, uno de ellos fue el edificio de la desaparecida Mexicana de Aviación de la calle Xola, Col. del Valle, y el otro el que es ahora el World Trade Center.

Buscando un lugar donde pudiera aterrizar llegó casi a la colindancia de la Delegación Cuajimalpa con el Estado de México, decidido a hacerlo sobre la autopista.

Y así fue, pero su intento fracasó; antes de golpear contra el asfalto de la vía, una de sus alas golpeó con una torre de alta tensión, luego, increíblemente pasó por debajo de un puente peatonal que atravesaba la carretera. Después, el avión golpeó contra el asfalto de la vía, la cual, por la hora, estaba atestada de vehículos ya que muchos residentes de Toluca regresaban a casa después de sus labores en la Ciudad de México.

 

Pero el surgimiento ceremonial del pasaje doloroso de Cristo en Iztapalapa tiene mucho más fondo; coincide con que, precisamente en ese lugar, específicamente en el Cerro de la Estrella, fue donde los sacerdotes “mexicas” realizaban su ceremonia del “Fuego Nuevo”. 

Para los “mexicas”, los siglos eran de 52 años, y dicha ceremonia la llevaban a cabo el primer día que iniciaba un siglo nuevo, esto como agradecimiento a los dioses porque la vida continuaba, al menos por un siglo más.

Dicen los historiadores que, ya desde entonces, cada final de siglo existía en el pueblo mexica, el miedo, de que el mundo se acabaría. 

“Esperando que ya no amaneciera, la última noche la pasaban en vela, y cuando aparecía la luz del día y se daban cuenta de que no había ocurrido ninguna desgracia, esa era la señal de que los dioses les habían permitido vivir un siglo más”.

Actualmente, la representación de la crucifixión de Cristo, es una de las tradiciones más importantes del país; en Iztapalapa, se realizó este año la 175 muestra de ese acontecimiento religioso, considerado actualmente, como un Patrimonio Cultural intangible de la CDMX.

En este evento participaron más de 2 mil actores, quienes siempre lo hacen con fervor, y donde los protagonistas se preparan desde mucho tiempo atrás.

Al evento que dura una semana acuden más de dos millones de turistas, tanto nacionales como extranjeros.

Pero Iztapalapa es mucho más todavía, es una combinación de religiosidad, diversión, trabajo duro y violencia; de gente luchona, de mujeres empoderadas; de gente con mucha capacidad para superar y soportar situaciones difíciles, pues buena parte de ella carece de agua, vive en zonas de riesgo geológico,  y que a pesar de todo lo que les pueda suceder, sienten orgullo de haber nacido ahí.