La clave del éxito en cualquier área de nuestra vida radica sólo en nuestro cerebro, en aprovechar esa capacidad plástica que tienen nuestras neuronas. 

Existen maneras en las que podemos modificar nuestro cerebro para mejorar su productividad. Esto se basa en la capacidad que tiene para moldearse a nuevas formas de pensar, lo que se conoce como plasticidad neuronal. 

Existen dos clases de cerebros, los normales y los ‘resilientes’; estos últimos son “aquellos que tienen la habilidad de aprovechar los momentos difíciles, utilizando lo que aprendieron para navegar en el futuro”, y el ser resiliente depende sólo de nosotros.

Claves para moldear nuestro cerebro en un órgano ganador que nos permita realizar procesos altamente productivos:

1.- “Detección de oportunidades”; es decir, reconocer las acciones que podemos realizar para que nos lleven al éxito. “Identificar las oportunidades que para otros no son claras”.

2. “Talentómetro”: es la capacidad de reconocer las habilidades que tenemos y de desarrollar aquellas de las que carecemos.

3. “Láser de metas”: es cuando nos fijamos una meta a futuro, y, sin importar lo que otros hagan, mantenemos el objetivo en mente. 

4. “Medición optimista del riesgo”: es la habilidad de medir las ventajas, desventajas y el riesgo de una decisión. Una vez hecho esto, aceptar los cambios que vendrán  y comprometerse con la decisión.

5. “Acelerador de esfuerzo”: es actuar como si algo fuera a pasar sin lugar a dudas ya que esto condiciona el cerebro para hacer todo lo posible para lograrlo. 

“Un cerebro ganador también requiere cuidados específicos para funcionar bien. La nutrición debe contener omega 3, hojas verdes, pescados de agua dulce, nueces y bayas. Hacer ejercicio tres veces por semana y dormir entre siete y ocho horas”.

Recordarás cuando de niño jugabas con plastilina, que con las manos podías moldear cualquier figura, y que como no se endurecía rápido, cuantas veces quisieras, la podías seguir moldeando de acuerdo a tus gustos.

Pues algo parecido sucede con nuestro cerebro, sólo que éste se moldea en base a las experiencias que vamos teniendo en la vida.

Los cambios físicos en el cerebro, son a nivel microscópico, y se dan por el modo en el que, en base a las experiencias, las neuronas de nuestro sistema nervioso se conectan entre sí.

Esto es lo que los neurocientíficos llaman “neuroplasticidad”, y se refiere a la capacidad del sistema nervioso para cambiar su estructura y su funcionamiento.

“La neuroplasticidad permite a las neuronas cambiar tanto anatómica como funcionalmente y formar nuevas conexiones”.

La maravillosa capacidad que tiene nuestro cerebro es que sus cambios no sólo se dan en forma automática; los científicos aseguran que se puede moldear con nuestra intervención directa.

Esto es lo más importante de la neuroplasticidad; cada uno de nosotros, por la forma en que percibimos nuestras experiencias, por lo que creemos y pensamos de nosotros mismos, por los conocimientos, las ocupaciones, entre otros, tenemos nuestras propias “relaciones funcionales de contacto entre las terminaciones de las células nerviosas” (Sinapsis).

En parte, si no le has sacado mucho provecho a tu cerebro, tanto que a veces pudieras pensar que está en tu contra, es por las programaciones mentales inconvenientes que tienes para manejar tus experiencias pasadas y lo que estás viviendo en el presente.

Todos los cerebros humanos comparten la misma estructura básica y la misma forma, pero examinados en detalle, todos son diferentes, pues cada uno contiene circuitos neuronales de formas y distribuciones propias. 

Con cada conocimiento, cada experiencia nueva, etc., se hacen nuevas y diferentes conexiones. 


La Humillación
Esta herida comienza cuando el niño siente que sus padres lo desaprueban y critican, afectando directamente a su autoestima, sobre todo cuando lo ridiculizan.

Sucede también cuando sufrieron bullying en el colegio, en las redes sociales o cuando son golpeados, sometidos a burlas o descalificados.

Estas personas tienen una tendencia a la depresión, autoestima baja y una carga emocional negativa, con dificultades para expresarse, desarrollando una personalidad dependiente.

Se cura perdonando a las personas que lo dañaron y haciendo las paces con el pasado.

La Injusticia
Ésta se origina cuando los progenitores son fríos y rígidos, con una educación autoritaria y no respetuosa hacia los niños.

En un hogar injusto, el niño desarrolla el sentimiento de no ser merecedor de la atención del resto de la sociedad y el grupo. De adultos tienen problemas para confiar en los demás y establecer relaciones; se mostrarán inseguros, rígidos e incapaces de negociar y de debatir.

La forma de curarse es trabajar la rigidez mental, cultivando la flexibilidad y la confianza hacia los demás.

La Traición
Es el miedo a confiar. Esta herida surge cuando de niño se sintió traicionado por alguno de sus padres cuando no cumplió una promesa. Esto le genera sentimientos de aislamiento y desconfianza que, en ocasiones, pueden transformarse en envidia, porque no se siente merecedor de lo prometido y de lo que otras personas tienen.

Llega a sentirse inseguro, miedoso y celoso. Se le crea una personalidad fuerte, con la necesidad de control para asegurar la fidelidad y lealtad.

Para sanar hay que trabajar la paciencia, la tolerancia, la confianza y la delegación de responsabilidades en los demás.

Debemos reconocer que en las personas que manifiestan las cinco heridas emocionales presentadas a continuación, es su niño interior y no su parte adulta quien las siente; además, los grados en que expresen su miedo dependerá del nivel de intensidad del daño causado, de su contexto y del grado de sensibilidad de la persona.

El Abandono
Este miedo surge cuando sus padres no dieron protección ante los miedos que experimentó el niño/niña. Muy común cuando éstos son cuidados por alguien ajeno a la familia.

Estas personas suelen ser inseguras, temen quedarse solas, y a veces son ellos quienes abandonan a los demás por temor a revivir la experiencia del abandono.

Su mayor temor es afrontar una separación y dependen emocionalmente de otros, de forma que sus relaciones son vividas con dosis de inseguridad, miedo y recelo.

Una buena dosis de abrazos ayuda mucho para que se sientan seguros y puedan disfrutar de sus momentos de soledad.

El Rechazo
Esta herida surge por el rechazo de los padres, familiares y compañeros de escuela. De adultos se sienten miedosos al tomar decisiones. Cuando sus acciones o propuestas son rechazadas, se sienten fracasados, indignos de amar y ser amados. Si el caso es extremo, se les genera el auto-desprecio, y un auto rechazo a sus pensamientos, sentimientos y vivencias.

En el amor, trabajo, estudios e incluso en las reuniones sociales, preferirán permanecer solos (aislados). La mínima crítica les creará sufrimiento y, para compensarlo, necesitarán el reconocimiento y la aprobación de lo demás.

Para sanar esto, deben empezar a valorarse y a reconocerse, ignorando los mensajes de su crítico interno.

No es fácil darse cuenta, pero de alguna manera y en buen grado, nuestro pasado está influyendo diariamente en nuestras vidas.

En este sentido, aquellos sucesos traumáticos que se marcaron fuertemente en nuestra memoria son los más importantes, esto porque en el presente provocan, inconscientemente, diferentes miedos y sentimientos peligrosos para la salud como depresión, ansiedad, frustración, aislamiento, sentimiento de culpa, odio, desconfianza, entre otros.

Dichos sucesos traumáticos provocaron diferentes heridas emocionales que no han cicatrizado porque ante ciertos momentos y ante ciertas situaciones se vuelven a abrir y nos provocan dolor, afectando nuestros estados de ánimo y nuestras decisiones.

Definitivamente, “los traumas vividos durante la infancia perduran a lo largo de los años e influyen en el estilo de vida de cada persona”, afectando nuestro comportamiento, la forma en como vemos la vida y nuestra forma de vivir.

Es claro que el pasado ya no existe, pero lo que somos, tenemos y nuestra forma de actuar es debido a él; está influyendo para bien o para mal en nosotros, y a pesar de que ya no exista, nuestras vivencias dolorosas de la infancia dejaron huella en nosotros, marcando nuestro carácter.

¿Qué podemos hacer?

Así como nuestro cuerpo cicatriza las heridas para que no nos duelan, de igual manera nuestro cerebro, puede “reprocesar” las malas experiencia de la infancia para evitar los dolores emocionales.

En nuestro pasado pudieron darse algunas situaciones muy difíciles, pero los especialistas aseguran que podemos cambiar la visión que tenemos de esos hechos, para lograr que dejen de causarnos daño y evitar que se conviertan en un obstáculo que nos impida la felicidad en el presente.

Cerebro Límbico o Emocional:
Es el almacén de nuestras emociones y recuerdos. En él se encuentra la amígdala, considerada la base de la memoria afectiva. Entre sus funciones y motivaciones están el miedo la rabia el amor maternal las relaciones sociales los celos.

Éste tiene que ver con el aprendizaje, pues se encarga de relacionar el pasado con el presente. En este sistema se dan procesos emocionales y estados de calidez, amor, gozo, depresión, odio, etc., y procesos que tienen que ver con nuestras motivaciones básicas. Aquí es donde reside el Amor y los sentimientos.

Cerebro Racional o Neocórtex:
Es el que permite tener conciencia y control de las emociones, a la vez que desarrolla las capacidades cognitivas: memorización, concentración, autorreflexión, resolución de problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado; es la parte consciente de la persona, tanto a nivel fisiológico como emocional.

Sus funciones básicas son: Percepción, Retención, Análisis, Emisión y Control.

Abarca 3/4 del volumen total del cerebro y está dividido en dos hemisferios unidos divididos en diferentes lóbulos y conectados por el cuerpo calloso.

Este cerebro representa el nivel más alto en la escala evolutiva hasta el momento. En él se encuentra nuestro potencial de desarrollo.

En él se encuentra la lógica; aquí nosotros aprendemos a hablar y escribir a comunicarnos con otras personas y aprender las estructuras de comercio y todas esas cosas complicadas que hacemos los humanos.

El Neocórtex es el que, con buen entrenamiento puede regular las exigencias del Cerebro Reptiliano y dirigir las del Cerebro Límbico o Emocional.

De acuerdo a la genética personal y a las experiencias que hayamos vivido, aquí radican las diferentes inteligencias conocidas hasta hoy: Inteligencias Múltiples.

Como resultado de la evolución humana ahora tenemos tres cerebros, de diferente tamaño y con funciones específicas, que trabajan en forma independiente pero interdependientes a la vez, que están coordinados y entrelazados.

Cerebro reptiliano:
Es la parte más primitiva del ser humano. Regula las funciones fisiológicas involuntarias de nuestro cuerpo. No piensa ni siente emociones, sólo actúa cuando nuestro organismo se lo pide: control hormonal y de la temperatura, hambre, sed, motivación reproductiva, respiración…

Éste se encarga de la supervivencia, y la vida instintiva. Tiene que ver con las funciones de comer, beber, dormir, reproducción, etc. La función de este cerebro no es la de pensar, ni la de sentir, sino la de actuar.

Aquí, la supervivencia no entiende de sentimientos ni emociones, y su único objetivo es sobrevivir bajo cualquier precio.

Está centrado en sí mismo; lo único que le interesa y escucha son cosas relacionadas con su bienestar y supervivencia. Es sensible al contraste: Bueno–Malo, Lento–Rápido, Antes–Después. El contraste permite al cerebro primitivo tomar decisiones rápidas y sin riesgo. Sin contraste, el cerebro primitivo entra en un estado de confusión, que lleva retrasos en la toma de decisiones o no toma ninguna, la “abandona”.

Necesita información tangible y concreta. Busca permanentemente información que le sea familiar y amigable. Siempre buscará lo fácil para tomar decisiones rápidas, ya que está preparado sólo para la supervivencia. Buscará siempre lo concreto e inmutable. Lo simple es lo que le gusta: “Más facturación”, “más beneficios”, “más placer”, “más tranquilidad”. Aquí radican los instintos.

La madre naturaleza se encargó de proporcionarnos este cerebro, para manejar automáticamente todas las funciones básicas de nuestro organismo y poder dedicarnos a actividades mayores en nuestra vida: a aprender, a crear; a evolucionar en una palabra.

Se puede ser adicto a muchas cosas, a las drogas, al alcohol, al trabajo, etc., pero en esta ocasión destacaré la adicción a la comida, no a cualquier comida sino a aquellas que ingerimos con frecuencia y en exceso, y que la mayoría de las veces carecen de sustancias nutritivas.

Estas comidas contienen demasiado de los condimentos que las hace muy adictivas: Sal, azúcar o endulzantes, grasa, picante, harinas, cafeína.

Por eso es el éxito de muchos restaurantes con comida “gringa” que han proliferado en los últimos años en México, tú los conoces, su nombre alude a otros países.

Desayunamos temprano y un café es bueno para sentirnos lúcidos. A eso de las 12 del día nuestro organismo requiere la reposición de la energía que gastamos en las horas transcurridas, y esos son momentos en que unas papas fritas y un refresco nos saben a gloria. A la hora de la comida una pizza o una hamburguesa nos llena bien. A media tarde, algunas horas después de la comida, un pastelito con un chocolatito, ¡huy! que rico, y para la cena unos tacos con mucha salsa y otro refresco.

Es cierto, esas comidas son deliciosas y su ingesta nos produce placer de corto plazo en el sentido biológico y mental. Algunas comidas “actúan en nosotros produciendo efectos en el cerebro, parecidos a los que hacen las drogas”.

Algunos como el chocolate actúan sobre los centros del placer y bienestar, otros, en cambio, son relajantes como los dulces.

Muchas veces no podemos parar y acabamos con un “atracón” y luego dolor de barriga; nos prometemos no volver a comer eso, pero pocos días después volvemos a caer en lo mismo.

La Universidad de Michigan, en U.S.A. realizó una investigación para conocer cuáles eran las comidas más adictivas; curiosamente, las mencionadas resultaron ser las más procesadas.

Tú ya conoces las consecuencias de comer mucho; momentos después de terminar de ingerir tus alimentos te sientes pesado y hasta con sueño. En tal situación te fluye menos sangre a tu cerebro porque se requiere para ayudar a la digestión.

Ante esto, definitivamente funcionarás más lentamente en tu trabajo, tu capacidad cognitiva será menor, tus respuestas serán más lentas y, por supuesto, serás menos competente.

Tiempo después vas a tener que cambiar de ropa. Buena parte de las grasas y carbohidratos que consumiste y no quemaste con actividades físicas, se acumularon en tu cintura, por lo que requerirás de una talla mayor.

Con el tiempo te irás dando cuenta que también vas perdiendo tu figura de joven, atleta, galán y posiblemente algo de confianza en ti mismo.

Por supuesto, también depende de si haces algún ejercicio y la frecuencia con la que lo hagas, de cualquier manera tienes que cuidar mucho la cantidad y calidad de lo que comes diariamente.

Muchos médicos aseguran que comiendo poco haces trabajar menos a tu organismo; con el tiempo, el menor desgaste hace que vivas más años.

Te evitarás también diversos problemas de salud, ya te han dicho mucho al respecto, ya que el sobre peso o la obesidad te puede causar algunos padecimientos que te llegan a incapacitar para un trabajo eficaz.

Evita intoxicar tu organismo; con poca comida tu metabolismo trabajará más rápido y más eficazmente, mejorando así el funcionamiento de todos tus órganos y aumentando tu esperanza de vida. Comer poco y bien es un seguro de vida.

Lo que te ayudará mucho es que no te atasques de tantos tacos, tortas, tamales, hamburguesas, papas y pizzas, y, sobre todo, que no los comas muy seguido. Ya sabes, “el plato del buen comer” debe contener, diariamente, frutas, verduras, los carbohidratos necesarios, lácteos y proteína.

La comida más importante en el día es el desayuno. Desayuna bien, come poco y cena ligero, y entre comidas, más ligero todavía.