En mi último trabajo que tuve como empleado, antes de ubicarme en el mostrador de ventas, me mandaron a tomar un curso sobre actitudes; sí, sobre las formas en que nos comportamos y tratamos a los demás, y que aplicamos diariamente en todo y con todos. “Válgame…”, algo no muy  bueno han de haber descubierto en mis exámenes psicométricos.

En el curso me enseñaron y me convencieron de que cuando la gente acude a un negocio a comprar un producto o servicio, la mayoría prefiere un buen trato, a sólo ser despachado con rapidez y sin errores.

Una buena actitud, me decían, envuelve el producto o servicio que compramos o vendemos, le da más valor, lo enriquece; el cliente se va más satisfecho. Un buen trato puede olvidar fácilmente un error o  falla;  “el precio elevado de un producto se llega a olvidar, una mala actitud jamás”. Difícilmente regresamos a un lugar donde nos hacen malas caras.

Es cierto, la buena actitud hace más personalizado el producto o servicio, lo hace más humano. Cómo decían los abuelos “trata a los demás como te gustaría que te trataran”.

No me había percatado, pero el expositor nos habló de que la tecnología, la inseguridad, la corrupción, etc., le ha restado importancia a la parte más esencial del ser humano, el contacto afectivo.

Un “buen día”, un “que le vaya bien”, un “en un momento lo atiendo”, un “cuídese”, mejora la calidad de los productos o servicios que se venden.

Me dieron buenos argumentos de que en los negocios particulares pequeños se puede lograr esto con mejores resultados. No obstante, he visto que hasta en los principales bancos del país están haciendo esfuerzos para que salgamos con mejor sabor de boca que antes; ahora ya sonríen y preguntan ¿se le ofrece algo más?

“Veámoslo así, dos personas que piensan de forma distinta pueden lograr más que dos personas que piensan de forma similar”.

Todos somos diferentes pero en eso está la riqueza de un equipo deportivo o de trabajo, o de una nación; y en eso, en las enormes diferencias que hay entre nosotros, está la riqueza de México.

Muy pocos países tienen las más de 60 etnias indígenas que hay en este país, los grandes desiertos y abundantes bosques, la enorme diversidad de gente de muchos países del mundo radicando desde hace años en México, españoles, judíos, argentinos, chilenos, colombianos, etc.

“Todos somos diferentes, pero ahí está la riqueza, porque todos somos complemento de todos …. Podremos apreciar mejor la diferencia cuando nos demos cuenta de que nosotros no somos todo, sólo somos una pequeña parte del todo, y que ninguna persona es mejor que otra, sólo es distinta”.

Una vez que reconozcamos que todos vemos de forma distinta el mundo, y que todos podemos tener razón en cómo lo interpretamos, aumentará nuestra comprensión y respeto hacia los puntos de vista diferentes.

¿Qué nos impide aceptar las diferencias?

• Nuestra ignorancia respecto a que desconocemos lo que piensan y sienten los demás.

• Cuando pertenecemos a un grupo cerrado o exclusivo donde hay una autoridad superior que influye en nuestro modo de pensar.

• Los prejuicios que traemos y que hemos aprendido de otras personas o de los medios de comunicación, entre otros. “Es importante superarlos para lograr la sinergia y defender la diversidad”.

Nunca podremos tener los beneficios de la sinergia mientras no entendamos, aceptemos, respetemos y aprovechemos las diferencias de los demás.

Si alguna vez te sentiste relegado por ser diferente, en vez de mezclarte y ser como los demás, enorgullécete de ello y haz sinergia con otros, busca cómo ser complemento de otros.

Posiblemente te preguntarás que es eso de sinergia, para qué me sirve, cuánto voy a ganar, o quizá cuando termines de leer este artículo me contestes: “No, ahorita no puedo, no tengo tiempo, otro día”.

Lo mismo decía yo hasta hace poco, hasta que me di cuenta que la sinergia es algo que ya existe en todo el planeta, entre personas, animales, plantas, etc.

Te hablo de que la única forma de realizar algo, de lograr un objetivo es a través de la cooperación o unión funcional de otras personas. Esta cooperación integradora es lo que se conoce como sinergia, y la encontramos y vemos en todas partes.

¿Es conveniente?, sí, porque sólo cuando hay sinergia funcionan bien las cosas y los equipos, porque en esto se respetan y aprovechan las diferencias de cada uno de los participantes.

Un equipo de cualquier deporte no funcionaría bien si no fuera por la sinergia entre ellos. Cada jugador, en su respectivo puesto coopera para funcionar bien.

Si alguna vez estuviste en un equipo, ya la sentiste.

Un matrimonio funciona mejor cuando hay sinergia, salvo cuando cada uno jala por su lado.

Vale la pena entender esto porque lejos de criticar o menospreciar que otros sean diferentes a nosotros llegamos a agradecer sus diferencias. Las llegamos a considerar más como ventajas que como debilidades. Los líderes entienden bien esto cuando llegan a sumar y conjuntar esas diferencias.

A muchos, a pesar de nuestra madurez y de nuestra interdependencia con todos los demás, nos cuesta trabajo aceptarlos. Pero ahora más que nunca debemos aceptar la importancia que todos tenemos en nuestro contexto.

Es cierto, cuesta trabajo aceptar que otros sean diferentes a nosotros, que no piensen y actúen como nosotros queremos, pero cuando vemos las ventajas de ello llegamos a celebrar esa diversidad, y entenderemos que “el todo es mayor que la suma de sus partes”.

Muchas personas, mujeres y hombres, creen todavía en “la pareja ideal” como aquella que cubre todas sus necesidades, pero ya en la diaria convivencia se dan cuenta que la persona con la que entablaron una relación a largo plazo no era “la indicada”. ¿Qué pasó ahí?

Esa visión que se tiene de la pareja ideal, es sólo un mito, una utopía. No existe pareja ideal, porque nadie se puede ajustar totalmente a los intereses, necesidades o caprichos del otro; sobre todo cuando existen intereses personales diferentes, ya sean profesionales, mejores niveles de vida, o cuando, a pesar de caminar juntos son diferentes en gustos, intereses o necesidades propias, y a alguno de los dos le es incómodo avanzar así.

Después de muchos años de observar la relación entre parejas, se ha visto que ni hombres ni mujeres tenemos la capacidad para acoplarnos al otro como lo hacen exactamente dos medias naranjas o un engrane con otro.

La mayoría estamos buscando, inconscientemente, a alguien parecido a la madre o al padre, que tuvimos de niños.

En el primer caso quizá porque nos cuidaba, protegía, o porque guisaba rico, pero de alguna manera nunca rompimos el cordón umbilical que nos unía a ella.

En el segundo caso, las damitas admiraban a su papá por su energía, su autoridad, su forma de vestir o de hablar; porque las consentían mucho o se sentían muy seguras con él; en ciertos aspectos, inconscientemente, siguen de alguna manera enamoradas de él.

En muchos otros casos, las necesidades de cada uno son precisamente porque de niños carecieron de esas cosas que madre o padre satisfacen. Buscamos en una pareja a alguien que cubra esas necesidades, aunque éstas no sean auténticas.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, ya viviendo en pareja, cada uno va a reflejar las mismas circunstancias que vieron y vivieron de niños en sus familias.

Una “lucha de egos” sonaría como un pleito o guerra. Quizá no llegue a tanto, pero en el fondo, en muchas relaciones personales existe una batalla diaria en donde alguien siempre quiere ser superior a los demás, lo que conlleva a crear resentimientos y hasta enemistades.

Esto es algo característico de muchísimas personas, quienes en cierto grado buscan dominar a través del “juego psicológico” de las relaciones humanas; es decir, la dominación, el querer que el otro se comporte o sea como ellos quieren, que respondan a sus necesidades y exigencias.

Los psicólogos dicen que esto no es otra cosa más que  la “vulnerabilidad psicológica” que se manifiesta por los miedos que traemos desde antaño, buscando seguridad y protección a través de la dominación; el problema es cuando un ego crecido se enfrenta a otro ego igual. En esos momentos es cuando se presentan las discusiones.

“Las relaciones humanas hoy en día son básicamente de dominador-dominado, y esto es porque la gente busca ser el ganador en este juego, en el que se convierte la vida”. Se manifiesta una actitud sutil, algunas veces de agresividad, que no es otra cosa que el componente psicológico que sirve de base para la competencia.

En la gente con altos niveles de competencia se notan también, elevados niveles de energía o agresividad que canalizan en sus tareas, actitudes, compromisos, etc. (“ganadores en todo”), muchas veces tratando, en todo caso, de no perder la imagen, el ego, o lo que se llama “rol en el juego de las relaciones”; “perder la imagen creada o el rol significa ser el dominado, perdedor o fracasado”.

Algunos psicólogos dicen que la lucha de egos es una lucha contra nosotros mismos, contra nuestros propios miedos, y nuestras propias inseguridades; “con uno mismo”.

Cuidado, porque cuando nos invaden las ganas de querer controlarlo todo, algo que no sale como queremos, desequilibra de pronto nuestro mundo personal.

En general, los miembros de esta generación son totalmente digitales y siempre están conectados a las redes sociales; sin embargo, son muy cuidadosos de lo que publican en ellas.

Son más realistas, más emprendedores y pragmáticos, más autónomos, más resolutivos y más críticos. De hecho, esta generación pretende cambiar al mundo pues tiene una mayor visión de futuro.

Algo que para mi gusto, destaca más a esta generación, es que sus intereses van más allá de la mera tecnología, pues les interesa mucho el calentamiento global y las cuestiones sociales, entre otros aspectos, no sólo de su país sino de todo el mundo.

Su curiosidad es el motivador más fuerte para elegir una carrera. El dinero también, claro, además de la oportunidad de ayudar a la gente.

Son más realistas ante sus propias dificultades y oportunidades, y más conscientes de sus propios hábitos y capacidades.

Son compradores más inteligentes pues no caen en el consumismo, y prefieren comprar directamente en tiendas que por internet, lo que puede ser bueno para los detallistas.

Son más autónomos, poseen más características para ser líderes y son más creativos.

Fácilmente se pueden unir a alguna causa que para ellos valga la pena.

Tengo mucha confianza en esta nueva generación, pues tienen alta disposición a emprender sus propios negocios, con lo cual podrían abatir el desempleo.

Sin embargo, me preocupa que su atención a los detalles está limitada, pues caen en la impaciencia, acostumbrados a la rapidez con la que encuentran respuestas en internet.

Se dice, que por ser tan virtuales, carecen de habilidades interpersonales, además de que no le dan importancia a los valores familiares.

Son muy individualistas y no quieren vivir sometiéndose a las normas sociales, pues creen más en su propia persona. Su sociedad existe en Internet donde abren su mente y expresan sus propias opiniones.

Mis padres y yo teníamos problemas para entendernos, y aunque siempre estuve seguro de su cariño, crecí con un poco de sentimiento de que no comprendían mis intereses de joven, mis gustos, aficiones, etc.

Ahora ya con un hijo de 15 años, me doy cuenta que estoy viviendo lo mismo.

Lo quiero mucho pero a veces me desespero por su forma de ser, actuar y hasta de pensar, y como no quiero que me llegue a odiar, me dediqué a investigar si era yo o era él quien tenía algún problema.

Después de leer varios artículos sobre la Generación “Z”, supe que traen algunas cosas en común con nosotros los Millennials, pero ellos son mucho mejores en los aspectos en que coincidimos.

Además, debido al dominio que tienen de las tecnologías y a los acontecimientos sociales y económicos que han vivido desde niños no sólo vienen más revolucionados mentalmente sino que para su edad son personas mucho más definidas en su modo de pensar, actuar y en sus propios valores, que sus generaciones anteriores.

De plano, reconozco que era yo el del problema. Me maravillé cuando conocí el mundo tan extenso de características positivas que posee esta generación, y comprendí la razón por la que ellos son como son.

Mi generación, Millennials, vivió sus años de formación en un relativo auge económico que contribuyó a que nos consintieran bastante, por eso muchos estamos impregnados con cierta dosis de soberbia. La Generación “Z”, por su parte, vivió su infancia con dos crisis económicas fuertes, la de 1995 en México que duró varios años, y con los efectos de la crisis inmobiliaria de 2007 y 2008 de Estados Unidos.

Esto último, y los aspectos sociales del cambio de milenio afectó positivamente a esta generación, pues según los estudiosos viene con mucha madurez, objetividad y con más consciencia social y ecológica.

La testosterona es un orgullo para muchos hombres, pero para algunos otros es  un estorbo.

Sabemos que la testosterona es la hormona sexual exclusiva de los hombres; sin embargo, aunque en menor cantidad, las mujeres también la tienen. En ambos está relacionada directamente con su comportamiento habitual.

Se trata de una hormona esteroide que el cuerpo produce y expulsa en forma natural influyendo en la maduración y el apetito sexual; de ella depende también la formación de masa corporal, los músculos y la resistencia de los huesos.

La testosterona, al igual que la mayoría de las hormonas, impacta de alguna manera ciertas partes del cerebro. En nuestro caso, los especialistas aseguran  que “activa con fuerza las funciones del hipotálamo y la sustancia gris central, que son las que más tienen que ver con el comportamiento animal de las personas; es decir, las que manejan las funciones básicas para sobrevivir y mantener la especie”. Lo mismo que sucede con los animales salvajes.

Un aumento elevado de los niveles de testosterona tiene efectos muy fuertes en nuestros circuitos cerebrales, aquellos que están relacionados con la forma en cómo se procesan las amenazas y las agresiones.

Esto último nos permite entender las reacciones locas e irracionales de muchas personas.

Según los expertos, los hombres con altos niveles de testosterona son más agresivos, más intolerantes, pierden fácilmente el control de sus emociones.

No sólo se manifiesta en un aumento considerablemente de la libido; todo indica que hay una relación directa, entre los niveles de testosterona y la calidad de nuestros comportamientos.

¡Ahhh!, pero también tiene su lado positivo. Resulta que la testosterona “es, en parte, la responsable de la supervivencia del hombre como especie; en su tiempo aportaba la agresividad que permitía al hombre ir a cazar y matar a su presa, los impulsaba a buscar comida, a luchar y a atacar a sus enemigos”. Esto los hacía más competitivos.

Aunque no lo creas, aunque lo niegues, aunque lo dudes o lo rechaces, es una gran verdad, “lo que rechoca, te recheca”.

Sí, las cosas que te molestan o de plano no puedes soportar de alguien, son cosas que tú también tienes, y que muy en lo profundo de ti, no has podido aceptar.

Piensa en alguna persona que por sus actitudes, aparente defecto, su voz, su risa, etc., “no la tragas”. Puede ser algún vecino, pariente o hasta algún cliente o proveedor.

Obsérvate bien. Esa persona que tanto te molesta, tiene características que puedes ver en él pero que no te atreves a ver en ti mismo.

Lo que percibimos en los demás, como en un espejo, nos refleja mucho de nosotros.

¿Quieres conocer más de ti, más de lo que hasta hoy creíste que eres?.

“Nunca vemos a los demás como ellos son, sino como somos nosotros”.

Lo que nos choca nos checa. Cuando odiamos algo de otra persona es algo que odiamos en nosotros y que no somos capaces de aceptar en nosotros por miedo, vergüenza, prejuicio o por egoísmo.

En mi caso, siempre creí que estaba rodeado de gente sangrona, déspota, gente egoísta, intolerante, que presumía y quería sobresalir en todas las pláticas.

Cuando mi loquero me explicó eso de lo que te choca te checa, me di cuenta de aspectos míos que no reconocía. Yo quería entender el por qué y qué podía yo hacer.

Cuando me di cuenta que era cierto esto, creí por un tiempo que tenía muchos defectos, no me gustaba mi voz, quería tener siempre la razón, no dejaba hablar a otros, etc.

Pero me llegó mi momento de madurez, de inspiración, de someterme a mi mismo y de aceptarme como soy.

Creía también que para mis padres era yo un hijo no deseado, porque en verdad todo me lo criticaban; esas cosas que hasta hace poco me molestaban en otras personas yo las tenía, o al menos así me lo hicieron ver de niño, y crecí con eso.

Lejos de humillarme, de vivir tímido y opacado, por rebeldía mostraba yo lo contrario: hablaba mucho, me enojaba y gritaba cuando las cosas no salían como yo quería.

El loquero me dijo que para aceptar a los demás tal como son, primero tenía que aceptarme a mi mismo tal como soy, con todos mis defectos.

Me dijo que tenía que asistir a varias terapias para que poco a poco fuera aceptando las características de comportamiento en los demás, pero la verdad no le hice caso. Entendí rápidamente que mi rechazo por las demás personas a las que juzgaba por dichos comportamientos, iría disminuyendo al empezar a verlas como algo natural en mi y en ellas.

Poco a poco me llegué a sentir bien conmigo mismo, y empecé a sentirme bien con los demás.

Cuando juzgamos o criticamos a alguien por ser demasiado arrogante, presumido, insoportable, etc., tenemos la oportunidad de reconocer dichas características en nosotros mismos y transformarlas en otras más amables.

En síntesis, ¿porque me caían mal los demás?

• Porque una parte de mi era así.

• Porque una parte de mi quería ser así, pero no me daba permiso de serlo y expresarlo por pena o vergüenza.

• Porque de niño era yo así y me reprendieron mucho mis padres, me criticaron, me juzgaron mal y me traumé.

• Porque mi ego no permitía que otros pudieran ser así y nadie les decía nada; yo quería reclamarles pero no me atrevía, prefería aguantarme haciéndome el sufridor.

Si sientes que vienes arrastrando una carga incómoda, por las cosas que te han sucedido, te invito a hacer lo siguiente:

Regresa a ese pasado incómodo por un momento, vuélvelo a vivir por unos instantes y reinterprétalo; dale otro sentido y aplicación a lo que te incomodó. Trae el hecho o persona que crees que te afectó y velo ahora con tu parte adulta o con un “me vale ma…”. Si conservas mucho coraje, trae a esa persona a tu mente y “miéntale la ma…”, una y cien veces. O mejor, ve lo que te hizo como algo sin intención alguna, como algo que no era personal.

Tu vida en adelante es como un viaje hacia el futuro. ¿Cómo quieres viajar? ¿Cuántas maletas quieres llevar?

Imagina una mochila sobre tus hombros, ella contiene los buenos y malos recuerdos que has tenido desde niño; resulta que, por naturaleza, siempre un mal recuerdo tiene mucho más peso que uno bueno, y según los expertos para eliminar uno malo se requieren tres buenos.

Siente el peso de esa carga y ve lo difícil que es moverse con tanto peso a medida que la vas cargando con todos tus recuerdos.

Puedes quemar esa mochila con todo lo que hayas metido dentro y decidirte a nunca llevar otra contigo.

Puedes, también, cambiar de mochila. Cómprate una más chica; una que aunque llena, te permita moverte más rápido y ligero; una donde metas sólo recuerdos convenientes.

O también puedes vaciar la que tienes, analizar su contenido, y decidir con qué recuerdos quieres llenarla nuevamente.

Ve los beneficios de disminuir tu carga. No podemos venir cargando cosas que nos hacen más lentos; el estar pensando y recordando cosas inconvenientes nos quita energía, nos debilita y nos cuesta trabajo avanzar.

Aprendamos del pasado. ¿Qué fue bueno, qué fue incómodo, qué fue fantástico, qué aprendimos de aquello que no nos salió como queríamos? Lo fantástico tengámoslo siempre en nuestra memoria.