De pronto conocemos a alguien que nos gusta, que nos deslumbra con su forma de hablar, con su presencia, por el dinero que gana, por cómo huele, y nos decimos que esa es la indicada, ¿nuestra pareja ideal!, y que esa persona nos hará felices.

Pero ¡ohhh!, pasa el tiempo y nos damos cuenta que nos equivocamos, que no es lo que esperábamos. ¿Por qué sucede esto?

La mayoría estamos dependiendo de otra persona para lograr nuestra felicidad, buscamos que se ajuste a nuestros gustos y necesidades.

Pero la realidad es que la pareja ideal es sólo un mito, un deseo inalcanzable, no existe afuera, quizá por eso muchos jóvenes deciden no casarse. Para qué comprometerse con alguien, a largo plazo, si no es tal como uno quiere que sea.

Deberíamos dejar de buscarla y de esperar que  aparezca.

La pareja ideal, podemos irla formando nosotros mismos, poco a poco con un poco de inteligencia y paciencia.

Cómo ir formando a la pareja ideal:

• Busca a alguien que te guste y con quien puedas armar un proyecto de vida común.

• Conviértete en la pareja ideal de esa persona.

• Crea con ella una relación …

– Donde haya libertad y confianza, y donde se acepten las imperfecciones de ambos.

– Donde las cosas que no nos gustan del otro se comprendan y se asuman con respeto.

– Donde haya una unión de corazones y mentes frente al mundo, en una especie de complicidad.

• Haz una relación “donde ambos logren fusionarse y sientan placer del otro, donde haya comunicación total en el lenguaje de sus cuerpos”.

• Una relación donde cada uno sea el mejor aliado del otro; donde haya reciprocidad en comprensión y cuidados; donde ambos se defiendan, se deseen, se echen de menos y se admiren.

La investigación en cuestión, también reveló que “aquellas personas que se sienten solas son más propensas a sufrir el deterioro de su salud y morir jóvenes”. Para esto, hay dos elementos fundamentales, señaló George Vaillant, uno de los médicos que dirigieron la investigación: “Uno es el amor; el otro es encontrar una manera de afrontar la vida que no aleje al amor”.

Entonces, ¿para ellos tener buenas relaciones es sinónimo de AMOR?. ¡Totalmente cierto!

Pero, ¿qué significa tener buenas relaciones? Ya lo dice esta investigación: Confianza; pero yo agregó que también es Respeto, Tolerancia, Aceptación total, Comprensión, Cuidar del otro, Escuchar al otro, Caridad, Perdonar, Libertad, etc. Todos estos elementos en “ambos sentidos”; es decir, “de aquí para allá y de allá para acá”. 

No obstante todo esto, yo comentaría que el amor, como casi todo, inicia de dentro de nosotros y lo proyectamos hacia afuera; lo sembramos y expandimos en otros, y como resultado o cosecha, vuelve a nosotros multiplicado. Esto ratificaría, lo que nos han dicho muchas veces: para que otros nos amen, antes necesitamos amarnos.

De la misma manera, para estar bien con los demás, primero necesitamos estar bien con nosotros mismos.

En casos extremos, algunos especialistas recomiendan que para aquellos que les es difícil o hasta imposible confiar en alguna persona, convendría que se enfocaran verdaderamente y sin fanatismos, en una religión, la que más llene su corazón, o directamente con el Creador, cualquiera que sea la idea que tengan de Él; claro que esto dependerá de la fe que se pueda tener en ello. Esta opción ha dado muy buenos resultados en mucha gente.

Por fin, después de 75 años de investigación, los científicos de la Universidad de Harvard le dieron la razón a John Lennon: “Todo lo que necesitamos para ser felices en la vida es AMOR”.

Según el estudio presentado por esta Universidad, “tener mucho dinero en el banco o millones de seguidores en Instagram o Facebook no nos hará más felices. Sin embargo, y tal como decía Lennon, el amor, sí”.

Los datos para confirmar esta posición fueron recabados a través del monitoreo del bienestar emocional y físico de dos grupos de hombres durante más de 75 años.

Uno de los grupos estuvo conformado por 456 hombres pobres de Boston y el otro por 268 egresados de la misma Universidad de Harvard.

En una entrevista que la revista Fast Company le hizo a Robert Waldinger, director del estudio, éste confirmó que “las buenas relaciones nos mantienen más felices y saludables”. Yo diría hasta más sanos, pues el impacto de éstas llegan a todo nuestro ser.

Por supuesto, aquí no se refieren a las relaciones sexuales, sino al amor verdadero, ese que puede durar toda la vida.

El mismo Waldinger enfatizó en la misma entrevista, que las buenas relaciones “es el factor que más influye en la felicidad y la realización personal”. 

Complementando esto, la agencia rusa Sputnik remarcó que incluso influye más que el dinero, los logros profesionales o la buena salud. 

Según los resultados de la investigación, “tener a una persona en quien confiar, ayuda al sistema nervioso a relajarse, al cerebro a permanecer sano por más tiempo y a reducir el dolor, tanto emocional como físico”. 

¿Has pensado alguna vez que la causa de nuestros sufrimientos, enfermedades y conflictos pueden ser los apegos? Me refiero a la relación emocional que mantenemos con cosas y personas, y en las que fincamos nuestra tranquilidad y felicidad. Cosas y personas que si llegamos a perder nos causan soledad, vacío, miedo, depresión, etc.

Es natural y necesario estar apegados a nuestros padres cuando somos infantes, ya que dependemos de ellos. Eso nis da seguridad emocional al ser aceptados y protegidos incondicionalmente. Pero ya de adultos, cuando podemos ser autosuficientes y maduros, muchas veces relacionamos felicidad con poseer cosas materiales o una pareja que, además de ser exclusivamente nuestra, haga lo que queremos, que piense como nosotros, etc.

Tener cosas materiales y pareja es algo sano, justo y nos lo merecemos, pero aquí nos referimos a la relación enfermiza que entablamos con ellas. Nos relacionamos sólo a través de nuestros miedos de no tenerlas o a perderlas o para tener a alguien a quien controlar.

“Los apegos son necesidades del ego; cuando poseemos un ego demasiado grande o débil, nuestro mundo personal chica con la realidad.

Los apegos se extienden en varias dimensiones: a cosas que fueron y ya no son; a cosas y situaciones que no hemos podido lograr; a situaciones que vivimos y hasta a situaciones que nos han causado algún trauma, complejo o dolor, que no hemos podido o querido olvidar, y que nos hacen vivir con ansiedad, preocupados, inquietos, etc.

Es natural que las personas lleguen a fallecer, “todos camos para allá”. Pero en su momento y después de llorarles un rato tenemos que dejarlas partir. Igualmente nuestras parejas están en su derecho de apartarse de nosotros, sobre todo cuando mucha de la culpa ha sido nuestra.

Los niños significan la expresión máxima de la naturaleza, la forma en que Dios da continuidad al ciclo de la vida.

Niña o niño, lo que sea que nos haya tocado, son también un regalo de la vida, y de Dios mismo, que hemos recibido como merecimiento.

Los niños, nos dan a los padres la oportunidad de sentirnos importantes, completos y hasta poderosos. Estos sentimientos nos hacen más maduros, responsables y nos ofrecen la oportunidad de practicar nuestro liderazgo.

Muchos dicen que nuestros hijos no son de nosotros sino de la vida misma, pero los sentimos de nuestra propiedad porque llevan nuestra sangre y nuestros genes.

Cada día, conforme van creciendo, se van pareciendo más a nosotros. Sin darnos cuenta somos o hemos sido modelo para ellos, aprenden nuestro modo de ver las cosas, de actuar, del tono con que hablamos, nuestro vocabulario, etc.; son una parte de nosotros, una extensión y un complemento.

Las épocas que estamos viviendo se hace más difícil para los niños, ello implica la gran responsabilidad para los padres por guiarlos, estar cerca de ellos, jugar y platicar mucho con ellos.

La vida nos exige que con el instinto y el amor podamos protegerlos, alimentarlos, educarlos y guiarlos., dándoles ejemplos de lo que está bien y lo que está mal.

En esta tarea, el proceso educativo dentro del entorno familiar, requiere de dos aspectos importantísimos: la disciplina y el amor, “Amor con Disciplina”, siempre juntos, cada uno en su debida proporción.

No puede haber disciplina sin amor, ni amor sin disciplina, siempre aplicando la combinación adecuada a la edad, a la importancia de las tareas a enseñar y a las situaciones que se presenten.

Todos los niños y niñas deben vivir con la dosis adecuada de cada uno de estos elementos. Disciplina y amor o amor y disciplina, son dos herramientas que están al alcance de todos los padres para desarrollar equilibradamente a los niños.

Un niño demasiado consentido desconocerá los límites de sus acciones cuando se convierta en adulto; puede volverse caprichoso, se topará con muchas cosas en su adultez y podría sentirse desubicado en el mundo social, laboral y familiar.

Por otro lado, un niño educado muy estrictamente y con demasiadas prohibiciones y regaños, muy probablemente se volverá un rebelde, tímido y con poco éxito profesional.

Tengamos cuidado con esto, el mundo que les tocará a nuestros niños será mucho más competido que el que nos tocó a nosotros los padres; vivirán con tecnologías mucho más avanzadas de las que hemos conocido. Los entornos tendrán muchos cambios, por lo que debemos enseñarles la necesidad de ser flexibles y enseñarles, también, a ver las situaciones objetivamente para evitarles sufrimientos. Siempre haciendo y diciendo lo que a los niños les conviene ver, sentir y escuchar.

Los niños de los siete años en adelante representan el máximo reto para los padres, pues a partir de esta edad se vuelven más rebeldes, exigiendo “sus derechos”, por lo que es necesario un alto nivel de comprensión y tolerancia de nuestra parte.

Si puedes, haz extensivo, a otros niños, ese amor que sientes por tus hijos, porque sólo quien tiene o ha tenido niños entiende muy bien el desamparo en que viven millones de niños en el mundo.

Feliz día del niño

Casos reales de matrimonios, que “tronaron” por causas externas, manifestándose la falta de amor y la debilidad de las partes.

1.- “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. La crisis económica de 1995 en México provocó muchos despidos laborales. Miles de hogares se destruyeron porque la buena relación en el hogar dependía básicamente del dinero.

2.- “Aquello que detestas en extremo te persigue hasta en tu casa”. A los 18 años Raquel declaró a sus padres que era lesbiana. “Estalló la bomba” en ese hogar. Se trataba de una familia muy católica y la homofobia era una de sus características.

Ninguno de los padres pudo aceptar la firme decisión de la muchacha. La familia se desintegró totalmente. El papá se fue, la mamá lo había hecho primero; ya nadie pudo seguir pagando la renta de la casa y Raquel también tuvo que irse.

3.- “Los pecados del pasado nos pueden perseguir siempre”. Elena y Javier llevaban 13 años de “feliz matrimonio”, con dos hermosas niñas de 10 y de 12 años.

Un día Ana tocó a su puerta, era una antigua novia de Javier; habían tenido relaciones dos años antes de conocer a Elena. Fue a presentarle a su hija, una jovencita de 14 años, que quería conocer al padre que la engendró.

Elena no pudo aceptar ese hecho. Por más que le decían que “lo que no fue en su año no debería hacerle daño”, ella acabó por pedir el divorcio.

4.- Cuando al nacer su hija y se enteró que venía con labio leporino, el padre asustado huyó inmediatamente y jamás se volvió a saber de él. ¡Qué poca, deveras!

La mamá pudo “sacar adelante a la niña”, quien actualmente ya es una jovencita de 24 años, y que después de varias operaciones quedó bien y ahora está a punto de casarse.