Se trata de una mujer acusada de brujería que desapareció de su celda antes de ser quemada en la hoguera, y que fue conocida como “La mulata de Córdoba”.

Sucedió en Córdoba Ver., en los tiempos de la Inquisición, donde una bella joven mulata vivía sola. 

Por la condición de su raza, ella vivía aislada del trato social, pues los negros y los indios no eran bien vistos.

Además de por su belleza, la mulata empezó a ser famosa en la región porque se dedicaba a curar mediante hierbas, oficio que espantaba a mucha gente. 

Sus habilidades empezaron a inquietar a más gente cada vez, por lo que empezaron a correr rumores de que la hermosa mulata sabía de embrujos y encantamientos.

Incluso algunos decían que tenía  pacto con el diablo, por lo que las autoridades y los vecinos empezaron a espiarla.

Resulta que el alcalde de la ciudad se enamoró de ella, pero al no ser correspondido, éste la denunció al Santo Oficio. 

Fue llevada hasta una celda subterránea y oscura de la Fortaleza de San Juan de Ulúa, en Veracruz. Ahí fue juzgada, encontrándola culpable de brujería, por lo que su sentencia fue la muerte y ser quemada en la hoguera. 

Mientras esperaba a que se cumpliera su sentencia en la cárcel, pidió a su cuidador le consiguiera un gis. Ella lo usó para dibujar a detalle, un barco en la pared de la celda.

Una vez que terminó su dibujo, le pregunto al cuidador ¿Qué le hace falta al barco? Avanzar, respondió el cuidador. La mujer sonrió y le dijo, “Pues avanzará”.

La mulata, frente al cuidador, brincó hacia la pared y para sorpresa de éste, el barco en la pared se movió y desapareció junto con la mulata.

Momentos antes de ser llevada para ser ejecutada, los guardias fueron por ella, pero solo tuvieron tiempo de ver cómo la joven se alejaba, en el barco que había dibujado.

Fue en la ciudad de Orizaba, Ver., allá por los años 1909, cuando la niña de dos años Ana Maria Dolores Segura y Couto falleció de una enfermedad crónica que le venía desde tiempo atrás.

La niña fue sepultada en el cementerio Juan de la Luz Enríquez, conocido por sus tumbas y leyendas muy peculiares.

Sus padres, muy tristes por la pérdida,  y tratando de mantener la chispa que su hija tenía, contrataron al mejor escultor de esa época para que le hiciera una tumba con la misma forma y los mismos detalles que su hija, acostada sobre su cama. Todo esto resguardado por un ángel que tuviera una rosa en una de sus manos.

La obra fue realizada con tal detalle, que cumplía con los detalles de la niña. Sus ojos, su cabello, sus manos; todo era idéntico al pequeño cuerpo de ella.

Desde entonces la tumba permanece en perfectas condiciones, sin parecer que el paso del tiempo le afecte. 

Lo increíble es que desde hace unas décadas, después de fallecidos los familiares de la niña, con cierta regularidad, en las mañanas aparecen flores y juguetes al lado de su tumba.  

Se dice que el Ángel protege a la niña de las condiciones climáticas. Si hay mucho sol, el Ángel mueve sus alas para proteger el rostro de la pequeña, si hay lluvia sucede lo mismo.

Guardias del cementerio aseguran que en las noches la niña baja de la cama de mármol para jugar en el cementerio, y el ángel le ilumina el camino despidiendo una luz desde sus ojos para protegerla y no perderla de vista.

También afirman que la rosa que sostiene en su mano derecha, la deja caer sobre la niña para que ella pueda jugar.

Fuente: xalapaveracruz.mx

Era el año 1600, cuando don Tristán de Alzúcer llegó a lo que es ahora la CDMX, buscando enriquecerse y abrirle buen camino a su hijo del mismo nombre, para lo cual se dedicó al comercio. 

Después de recorrer algunos barrios, don Tristán se fue a radicar por el rumbo de Tlaltelolco y allí mismo instaló su comercio que atendía con la ayuda de su hijo.

Don Tristán tenía un buen amigo y consejero, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su negocio para conversar. Junto con unos vinitos, allí platicaban de las cosas que los identificaban pues habían nacido en el mismo pueblo.

Todo iba muy bien en el comercio de don Tristán, que decidió ampliarlo, para lo cual envió a su hijo al Sureste del ahora México, a buscar nuevos productos.

La mala suerte hizo que el joven Tristán enfermara a tal grado, que se temió por su vida; don Tristán preocupado por ello, se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta su santuario, si su hijo se aliviaba. 

Semanas más tarde el muchacho regresaba sano a la casa de su padre, quien feliz lo estrechó entre sus brazos.

Vinieron tiempos de bonanza en el negocio, y tan ocupado estaba don Tristán que se olvidó de su promesa; sin embargo, en las noches le invadía el remordimiento al recordar la promesa hecha a la Virgen.

Un día fue a visitar a su amigo y consejero, el Arzobispo, para hablarle de la falta de cumplimiento de su promesa y que le dijera qué hacer, ya que de todos modos le había dado gracias a la Virgen en sus rezos. 

-Bastará con eso, -dijo su amigo-, si rezaste a la Virgen dándole las gracias, ya no hay necesidad de cumplir lo prometido.

Don Tristán se fue a su casa muy complacido, olvidando la promesa de la que lo había relevado el Arzobispo.

Pero un día, apenas amanecía, el Arzobispo caminaba por la calle de La Misericordia, cuando se topó con don Tristán, quien ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha.

¿A dónde vas a estas horas, amigo Tristán?, le pregunto el Arzobispo.

– “A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen”, respondió con voz hueca y tenebrosa, el comerciante.

El Arzobispo lo dejó avanzar, pero esa noche decidió ir a visitarlo para pedirle que explicara por qué decidió ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen, pero lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba con gran pena.

Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.

-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre sollozos, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.

Con esto el Arzobispo se dio cuenta que don Tristán ya estaba muerto cuando lo encontró por la calle. En su ánimo se sintió culpable de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.

Pasaron los años… Tristán hijo, regresó a España, pero el alma de su padre continuó por mucho tiempo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido, por la misma calle, a la que la gente nombró después, “El callejón del muerto”.

Cuenta la leyenda, que en el Panteón de Belén de Guadalajara, Jal., se presentó un suceso donde un estudiante de medicina se volvió loco. 

Resulta que hace tiempo, varios estudiantes de medicina estaban de internos en el Hospital Civil, adjunto al panteón.

Un día, un estudiante quiso demostrar su valentía; les apostó a sus compañeros que entraría completamente solo al panteón, a las diez de la noche, hora en que se daba “el toque de ánimas” en la iglesia cercana y, según se decía, a esa hora salían los muertos de sus sepulcros.

Para confirmar su hazaña, les dijo que entraría hasta el fondo del corredor y clavaría un clavo, para que sus incrédulos compañeros lo vieran al día siguiente. 

Al escuchar el primer campanazo, el atrevido estudiante brincó la barda y entró al panteón caminando con paso firme y seguro hasta el fondo del corredor, cargando en sus manos un martillo y un clavo.

Cuando llegó al fondo del oscuro corredor, clavó el puntiagudo metal, pero al retirarse notó que alguien lo detenía. 

Por más esfuerzo que hacía por correr, sentía que una mano lo tomaba fuertemente del hombro. Quiso gritar, pero no pudo; un nudo en la garganta se lo impidió. Estaba tan asustado y desesperado que se desmayó.

Al día siguiente, sus compañeros entraron al cementerio para ver qué había sucedido. Lo encontraron tirado en el suelo pero sujeto a una pared, su bata estaba asegurada con el clavo; con mucho trabajo logró decir que un fantasma le había clavado la bata.

A raíz de esto el estudiante perdió la razón y acabó vagando por las calles hasta que un día lo encontraron muerto.

Es la tumba del niño Ignacio Torres Altamirano “Nachito”. La leyenda comienza con su muerte el 24 de mayo de 1882. Se dice que murió de nictofobia (miedo enfermizo a la oscuridad). 

Cuenta la leyenda que desde su nacimiento sufría este padecimiento, por lo que en las noches, sus padres ponían antorchas en su recámara para iluminarla y que pudiera dormir tranquilo; pero una noche, las antorchas se apagaron y a “Nachito” le dio un infarto fulminante. Al día siguiente, sus padres lo encontraron ya muerto en su cama.

Los padres enterraron a Nachito en el panteón de Belén, ahora museo, de Guadalajara, Jal.

Al día siguiente de su entierro, el sepulturero encontró el ataúd afuera de la tumba. Dio aviso a sus padres pero éstos no pudieron ir,  por lo que el sepulturero lo enterró de nuevo. Esto sucedió durante diez días. 

La gente empezó a decir que Nachito padecía “mal del diablo”, que la tierra no lo quería y por eso lo escupía.

Sus padres decidieron modificar la tumba, construyendo una encima de ésta, porque, según ellos, no podía descansar debido a la nictofobia que padecía. La tumba está hecha de piedra y tiene unas aberturas a los lados para que entre la luz. 

En  las esquinas de la tumba decidieron poner cuatro obeliscos y en cada uno de éstos ponían unas antorchas para iluminarlo durante la noche.

Hoy en día, la gente lleva juguetes a Nachito porque dicen que si no le llevan algo, puede acompañarlos hasta su casa y hacerles travesuras. 

Se sabe que Nachito sí juega por las noches con sus juguetes; según los sepultureros tienen que recogerlos antes de abrir el panteón porque los encuentran regados alrededor de la tumba.  

Si alguien se lleva un juguete de la tumba, Nachito se enoja y se va con él y le pasarán cosas raras.

Sucedió aquí, en la ahora Alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México. María de Ávila, quien vivió en el siglo XVI, se enamoró de un mestizo de apellido Arrutia, quien quería casarse con ella por su dinero y estatus social.

Los hermanos de María, Daniel y Alfonso, se enteraron de lo que estaba pasando y se opusieron rotundamente a que ese matrimonio se llevara a cabo, así que le prohibieron a Arrutia ver a María. Al principio él se negó, pero los hermanos le ofrecieron mucho dinero, que él aceptó para marcharse.

Se fue sin dar ninguna explicación a María, quien cayó en una profunda depresión. Dos años estuvo así, sufriendo la ausencia de Urrutia, del cual estaba profundamente enamorada, hasta que sus hermanos decidieron enclaustrarla en el Antiguo Convento de la Concepción, donde se la pasaba rezando y pidiendo por él.
Un día, no pudo más con su dolor y se ahorcó de un árbol de duraznos en el patio del Convento. La enterraron allí mismo y un mes después de su muerte, su fantasma empezó a aparecer por las noches, reflejándose en las aguas de la fuente del convento; se les aparecía a las novicias o monjas del lugar cuando veían su rostro en el agua. Desde entonces se prohibió la salida de cualquiera de ellas al jardín cuando anocheciera.

La leyenda cuenta que como no podía soportar estar sin su amado, ya muerta salió a buscarlo y lo mató para estar con él aunque sea en el más allá. Algo así como Romeo y Julieta a la mexicana.

El convento está en Belisario Domínguez número 5, en el centro histórico. Toma el metro Bellas Artes y Garibaldi. Búscalo entre las calles Lázaro Cárdenas y Allende.

No se trata de los personajes ni del tema de la película del mismo nombre, éstos son otros, verdaderamente macabros.

Se supo que, todavía hasta finales del siglo pasado, allá por una de las orillas del Cerro de la Estrella de Iztapalapa, con alguna frecuencia se reunían en las noches grupos de jóvenes a ingerir bebidas alcohólicas; lo hacían, entre otras cosas por la privacidad, por la aventura, porque no querían que los viera alguien y para que nadie los molestara.

Como sabemos, en muchas reuniones y después de unos cuantos tragos, risas, bromas y recuerdos vergonzosos, nunca falta quien eche a perder el rumbo de la velada.

En esta leyenda, de la historia que más se supo, fue la del grupo en el que iba Gloria, que de un momento a otro comenzó a llorar de una forma algo extraña, gritando que alguien los observaba desde la oscuridad, según ella eran unos hombres pálidos, tanto que parecían muertos; estaban vestidos con una capa completamente negra.

Negándose los demás a interrumpir la fiesta, tomaron aquello a tono de burla, y las risas les duraron un buen tiempo. Observando que a la mujer no se le pasaba el espanto, decidieron llevarla hasta el sitio donde decía los observaban para que se convenciera de que ahí no había nada.

Llegaron todos al lugar que decía Gloria, miraron alrededor, sin encontrar a nadie, fue entonces que Gloria se calmó. Ya de regreso al punto de su reunión, se sorprendieron un poco con los gritos de otra de las muchachas, la cual les decía que unos hombres de negro estaban ahí. Los chicos se molestaron un poco, y las reprendieron por la broma de mal gusto, alegando que una vez fue divertido, pero dos, ya era molesto.

Cambiaron de puestos, para evitar la misma situación, enviaron a las jóvenes a la parte de en medio y los hombres se colocaron en las orillas; fue entonces que Marco, se quedó viendo fijamente hacia el punto donde habían comentado las muchachas estaban esos que los observaban.

De pronto, Marco soltó un grito de espanto profundo, que les hizo a todos levantarse de un salto con las instrucciones precisas y claras ¡Corran! Iban de prisa hacia el auto mientras atrás de ellos, los hombres vestidos de negro se desplazaban con gran velocidad, saliendo de las penumbras y dejando ver lo que las chicas habían descrito.

Eran unas figuras delgadas, vestidas completamente de negro y con los rostros de muertos, que les dieron alcance como si sus pasos fueran gigantescos, a pesar de que sus cuerpos no se movían al darlos.

Estas figuras pasaron en medio de la fogata que habían encendido los muchachos sin quemarse y sin esparcirla, y en el momento en que estaban montados en el auto, simplemente las figuras lo atravesaron, tornándose en una visión transparente, que sólo desapareció ante sus ojos.

Sin saber qué o quienes son, se reportan estas apariciones en muchos lugares de la zona; no se sabe que hayan causado un daño más allá del susto. Este y otros casos dieron origen a la “Leyenda de los Hombres de Negro”, que observan desde las sombras, siendo vistos por las personas, una a la vez, no todos en grupo, saliendo de las penumbras para correrlos del lugar.

Esta es una historia bastante tenebrosa, la primera vez que la escuché me llevó a conocer un poco más de ella y a ubicar el suceso personalmente.

Dos muchachos que salían de una gran fiesta se encontraron en el camino con dos chicas solas que estaban pidiendo aventón.

Su evento había sido en un salón de fiestas que se encontraba en las afueras de la Ciudad de México, en la carretera libre a Cuernavaca.

Eran ya pasadas de las 12 de la noche y decidieron abordarlas. Ellos ya llevaban algunas copas encima y pensaron que ellas también.

Las invitaron a subir a su auto pensando que irían a pasar una gran noche con ellas, y parece que todo fue así. En la plática del camino ellas los invitaron a su casa en la ciudad, dijeron que sus papás estaban de vacaciones y que no tendrían ningún problema.

Llegaron a una vivienda en una colonia de clase media. Todo les pareció bien; la casa iluminada y el interior lo vieron normal.

Para no perder la alegría se acompañaron con una buena cantidad de cervezas.

Pasaron una gran noche, había dos recámaras en la que se acomodaron los cuatro para disfrutar de los placeres que se pueden vivir entre parejas.

Al día siguiente ellos se despertaron, cada uno en una recámara pero en el suelo. Buscaron a las muchachas pero no las encontraron, solo estaban los envases de cerveza vacíos y sus ropas.

Ahora todo lucía sucio, viejo, lleno de basura y sin muebles, la casa se veía abandonada desde hace mucho tiempo; en nada se parecía a la casa a la que entraron la noche anterior.

Muy asustados, y con la cruda encima, se vistieron y salieron rápido de la casa; no se explicaban lo qué había sucedido.

Algunos vecinos vieron cuando salían los muchachos de la casa y se acercaron a preguntarles si habían dormido en ella.

Los muchachos explicaron cómo habían entrado a la casa, que habían sido invitados por unas muchachas y que ellas les abrieron. Les explicaron cómo eran ellas, su edad aproximada, con detalle hasta su estatura, color de piel y edad aproximada.

A esto último los vecinos les dijeron que esa descripción coincidía con las de las muchachas que alguna vez vivieron ahí y que eran parte de la familia que se había accidentado en la carretera.

Les explicaron que tenía décadas que la casa estaba abandonada, que había vivido ahí una familia que se había matado cuando, entrando a la ciudad, un borracho que conducía su auto a gran velocidad golpeó el coche de esa familia y se fueron a un barranco, y que como no tenían más familia la casa estaba abandonada.

Los vecinos les comentaron, también, que ya en otras ocasiones había sucedido lo mismo. Otros jóvenes habían sido invitados por esas muchachas.

La historia cuenta que los muchachos se volvieron locos, habían tenido relaciones con los espíritus de dos muchachas muertas hace años. Uno de ellos fue encerrado en el manicomio de la localidad y el otro se suicidó.

La casa aún existe y dicen que los espíritus de las muchachas salen en las noches del lugar donde murieron para llevarse a jóvenes que manejan ebrios.

En 1725, una peregrinación que venía del Estado de Oaxaca, pasó por Iztapalapa. Los peregrinos iban rumbo al centro de lo que ahora es la CDMX a reparar una imagen de Cristo, que traían.

Acamparon en el Cerro de la Estrella, y la imagen la dejaron debajo de un árbol. Al día siguiente cuando despertaron ya no estaba. Fueron al pueblo para buscarla en los templos, al no encontrarla pidieron apoyo a los habitantes de Iztapalapa para hacer una búsqueda en el cerro. Pasaron varios días y la imagen no fue hallada, por lo que los peregrinos decidieron volver a Oaxaca.

Meses después algunos pobladores se dieron cuenta de que un pastor iba todas las tardes con un ocote a una cueva, quien les reveló que había encontrado una imagen en una gruta y que prendía el ocote para que no estuviese en oscuridad por las noches.

Cuál fue la sorpresa de los pobladores cuando vieron que la imagen de la caverna era la de los peregrinos y decidieron avisarles para que vinieran por ella. Cuando trataron de sacarla, ésta no se movió ni con el esfuerzo de 20 personas, así que interpretaron que debía quedarse ahí.

Se le construyó una ermita, después una capilla abierta y hasta mediados del siglo XIX se construyó el actual Santuario dedicado al Señor del Santo Sepulcro, desde entonces esta imagen es objeto de cariño y respeto por los ocho barrios, mismos que se incrementaron cuando en 1833 asistieron a su capilla a pedirle a la imagen del Señor de la Cuevita que cesara la epidemia de cólera mórbus que había diezmado a la población de Iztapalapa.

El Santuario fue construido con un amplio atrio, justo enfrente de la cueva donde fue hallada la imagen después de que se les perdió a los peregrinos de Oaxaca.

Es el caso de algunos pasajeros que por no obedecer al conductor se convirtieron en fantasmas.

Esta leyenda tiene su origen en una sinuosa carretera mexicana, donde existían quebradas y barrancos extremadamente peligrosos y era muy arriesgado realizar ese trayecto por la noche, especialmente con mal tiempo.

Una noche, un autobús partió desde Ixtapan de la Sal con dirección a Toluca, repleto de pasajeros. El viaje se desarrollaba con normalidad hasta que el conductor notó con terror que comenzaban a fallarle los frenos por lo que no pudo impedir que el vehículo se precipitara al fondo de un profundo barranco. Lamentablemente no hubo sobrevivientes ya que todos los pasajeros perecieron en el suceso.

Tiempo después, varias personas aseguran haber visto a un viejo autobús circulando por la carretera en noches de lluvia intensa. El autobús recoge sin problemas a las personas que aguardan en las paradas habituales y todo transcurre en la más absoluta normalidad, salvo con los pasajeros y con el conductor que no emiten palabra alguna.

 

El viaje sigue hasta que el conductor, le indica al nuevo pasajero que debe bajarse allí de manera inflexible: debe bajar allí mismo o de lo contrario ya no podrá hacerlo. El pasajero se baja ante el pedido, no sin antes recibir una nueva advertencia: no voltear para ver el autobús por ningún motivo. En el caso de que ignore esta advertencia, verá con terror que se trata del autobús fantasma, con los cadáveres de quienes fallecieron en el siniestro.

Algunos pasajeros que no obedecieron la advertencia murieron en forma inmediata y a los pocos días pasaron a formar parte de los fantasmas de los infelices pasajeros.