Primeramente hay que tomar en cuenta que la vida está llena de aciertos y fallas, que todo se da por probabilidades, y que en ciertos terrenos son mayores los intentos que hay que realizar para lograr un acierto.

Es probable que no nos hayamos entrenado bien desde niños en el manejo de las frustraciones. Probablemente a nuestros padres les faltó poner límites a nuestras exigencias.

También es importante reconocer que aunque hayamos tenido un buen entrenamiento y el ambiente adecuado para aprender a manejar las frustraciones, todos tenemos nuestros límites, por muy sanos y maduros que seamos.

Muchas veces la causa de las frustraciones procede de haberse planteado unas metas o expectativas poco realistas, se llega a esperar más de lo que la realidad y las circunstancias nos permiten alcanzar.

Otro aspecto es considerar que los obstáculos que se nos pueden presentar en el camino muchas veces no dependen de uno. El entorno, las circunstancias, incluso nuestras propias capacidades son variables que nosotros no podemos controlar y que influyen directamente en los resultados.

Y ya en última instancia, si todo fue calculado y no conseguimos el objetivo, tal vez sea conveniente contar nuestro porcentaje de bateo y de medir nuestras aproximaciones al logro del mismo. Es muy probable que después de algunos intentos estemos cada vez más cerca de lograrlo, y las probabilidades de éxito para el siguiente intento sean cada vez más altas.

Un poco de madurez y de autocontrol pueden ayudarnos a ajustar nuestras expectativas a la realidad y no caer en las fantasías o en la exagerada ambición.

La frustración es parte de la vida, no podemos evitarla ni huir de ella, pero sí podemos aprender a manejarla y superarla.

Aquellos que sienten que el mundo gira entorno a lo que desean, se topan muchas veces, con una realidad impredecible, donde las frustraciones son muy comunes.

Sus deseos, objetivos, metas y aspiraciones no satisfechos, pueden crearle un sentimiento de impotencia. La consecuencia de no haber logrado lo que pretendían les provocará, también, sentimientos de enfado, tristeza o rabia.

Dependiendo del grado de madurez de la persona y de la fuerza de la frustración, cada uno vivimos de forma diferente las frustraciones, pero todos tenemos en común la sensación de desánimo y decepción que produce el no logro.

El impacto o resultados de las frustraciones se pueden manifestar en dos sentidos opuestos, con sus situaciones intermedias: – Muchas personas se deprimen y desesperan, viendo sólo el resultado negativo de la experiencia frustrante sin aprender nada de ella. – Otras personas salen fortalecidas porque han aprendido y reflexionado sobre esa experiencia.

Sin embargo, y esto es lo importante, muchas personas deciden actuar inteligentemente, buscando superar la frustración y aprender a manejarla.

Tolerancia a la frustración:

Tolerancia es respetar, aguantar, soportar con paciencia y con respeto algo que no compartimos o no entendemos. Cada quien posee un grado diferente de tolerancia a la frustración.

Las personas con baja tolerancia se enfadan o se ponen tristes ante el más mínimo deseo insatisfecho o meta no lograda. Les ocasiona un enorme esfuerzo superar las frustraciones y se sienten desmotivadas para volver a intentar nuevamente y llegan a sentirse fracasadas a la menor contrariedad.

Por otro lado, las personas con alto nivel de tolerancia a la frustración poseen una gran fortaleza y equilibrio ante situaciones adversas, y aunque se llegan a frustrar requieren de un altísimo grado de impacto para sentirse frustradas.

Así que, para ser más inteligentes de lo que somos, sólo es cuestión de actitud:

• Siéntete Inteligente. No pretendas ser perfecto, acepta tus errores sin preocupación pero ocupándote por arreglarlos si es que tienen solución.

• Atiende los problemas, pero sólo los que te incumban; no pretendas estar arreglando los de otros, al menos los que los otros puedan solucionar por sí mismos.

• Desarrolla y utiliza, tu hemisferio derecho (la creatividad e imaginación) y únelo con el izquierdo (lo racional y lógico), de esta manera podrás resolver tus problemas con imaginación.

• Visualiza frecuentemente las cosas que quieres lograr y la forma en que quieres que sean.

• Sé lo suficientemente flexible para cambiar de perspectiva cuando es necesario y ver el lado positivo de las situaciones.

• Evalúa cuál es el precio (no hablo precisamente de dinero) o sacrificio que tengas que pagar/hacer para lograr tus objetivos, y págalo si estás dispuesto.

• Conócete bien a ti mismo, tus talentos, tus habilidades y debilidades, etc., y utilízalos como estrategia para ser mejor y lograr más cosas.

• Reconoce e identifica tus emociones en el momento que las expresas, pero no te dejes llevar por ellas (negativas o positivas) en ninguna situación, menos al tomar decisiones; practica el autocontrol.

• No guardes resentimientos por nadie ni por nada; te pueden quitar energías. Perdona, pero no olvides.

• Identifica el tipo de motivaciones que te hacen sentir bien.

• Reconoce sin molestarte, las emociones en los demás y entiende las causas que las provocan.

• Desarrolla tus habilidades sociales; recuerda que todos necesitamos de todos.

Pocas personas en el mundo cuentan con niveles de inteligencia (C.I.) tan altos como para considerarlos como genios o super inteligentes; me refiero a niveles de 130 y más, incluso niveles entre 120 y 129 se consideran como superiores; la mayoría de los humanos estamos en un nivel de 90 -109, considerado como promedio.

Muchas veces creemos que los que tienen un nivel de inteligencia superior y muy superior son más felices y más prósperos que los que tenemos una inteligencia promedio, pero esto es muy relativo y no debería preocupar a nadie.

Diferentes investigaciones han comprobado que no es necesario tener un C. I. elevado para que nos vaya bien en la vida personal y de negocios, sino la manera en que nos enfrentamos a nuestros problemas y cómo los resolvemos para el bien propio sin afectar a los demás.

En su libro sobre Inteligencia, los profesores Resing y Drenth especialistas del tema, hacen una diferencia entre lo que es la inteligencia y lo que conocemos como C.I.

La Inteligencia, afirman, es “el conjunto de las habilidades cognitivas o intelectuales necesarias para obtener conocimientos y utilizarlos de forma correcta con el fin de resolver problemas que tengan un objetivo y una meta bien definidos”.

Mientras que el C.I. “es sólo una medida de la Inteligencia expresada en un número”, la Inteligencia es el uso que se le da al C.I.

Según estos profesores, el nivel del C.I. se nace con él, es fijo y permanente, mientras que la Inteligencia puede incrementarse en la medida de nuestras experiencias y los aprendizajes que nos dejan, y la manera en que aplicamos lo que hemos aprendido. Podría decirse que la Inteligencia hace referencia a qué tan listo es uno.

Alguien podría tener un mayor C.I. que otro pero lo que realmente importa es qué hacemos con nuestro C.I., porque la inteligencia y el C.I. no son lo mismo. Según esto, los seres humanos podríamos ser más inteligentes cada día.

“Siempre será más inteligente aquél que sepa resolver los problemas que le darán mejores resultados en su vida”.

Hemos visto muchos casos de personas con alto C.I. (mejores calificaciones escolares, alta capacidad cognitiva, muchos conocimientos, etc.), que no han tenido tantos logros como muchos de C.I. medio. Los autores afirman que es porque no desarrollaron lo que ahora sabemos es la Inteligencia para resolver los verdaderos problemas con los que uno se tiene que enfrentar en la vida.

Respecto a los problemas, los estudiosos recomienda lo siguiente:

A.- Identifica si lo que ves como problema es realmente un problema o te estás ahogando en un vaso de agua.

B.- Si de verdad lo es, lo más inteligente es aceptarlo.

C.- Dale la dimensión más correcta posible. ¿Qué tan grave es?

D.- Analízalo si está en tus manos resolverlo o tendrás que buscar apoyos

E.- Reconoce qué tanto te afecta y si tienes la fortaleza y resistencia para superarlo emocionalmente

F.- Busca resolverlo sin afectarte demasiado. Buscar el equilibrio: Ganar-Ganar

G.- Busca negociar. La habilidad de negociación la puedes desarrollar

H.- Si el problema no se puede resolver, no queda otra que aceptarlo

I.- Cuida tus actitudes. Sé un actor: la actitud conveniente para cada situación

Lo más grave de la inmadurez es la óptica miope que se tiene de la vida: sólo consideramos lo inmediato. La vida funciona mejor con estrategias a largo plazo, y cada pequeña derrota personal que nos aflige en el camino, no es más que una sabia preparación para ayudarnos a ganar las siguientes veces que intentemos lograr algo.

El dolor, la frustración, el desengaño que causan las frustraciones no son castigos; son cosas positivas, son lecciones si se saben considerar con la perspectiva adecuada.

El comportamiento de un iluso, inmaduro, desesperado o de cualquiera que su visión sea sólo de corto plazo es como la de el jugador inexperto de ajedrez: mueve sus peones alegremente, buscando resultados inmediatos y no piensa en las consecuencias ulteriores de sus movimientos. Se excita e ilusiona prematuramente si consigue alguna ventaja parcial y, finalmente, se frustra cuando pierde la partida.

Frecuentemente, estos últimos, se rebelan contra su suerte cuando ésta les es adversa y tratan de modificar el curso de los acontecimientos para acomodarlos a sus deseos. El resultado es que su frustración no conoce límites.

Por el contrario, las personas maduras, con visión de largo plazo analizan objetivamente todas las posibilidades. Piensan en el resultado final y no se inquietan por los pequeños reveses que ha previsto ya como inevitables.

Estos últimos aceptan las cosas como vienen y tratan de fluir con ellas. En lugar de intentar modificar el destino, se adaptan a los acontecimientos, y cuando algo no sale como ellos lo habían previsto, buscan enseguida modificar su óptica.

Todos nos hemos sentido frustrados por algo; porque no ganó la selección, porque perdió nuestro partido político, porque no nos invitaron a la fiesta, etc.

Las frustraciones son bastante comunes en nuestra sociedad, donde abundan las personas que se dejan llevar por sus emociones, y que confunden sus sueños e imaginaciones con la realidad.

Muy cierto, las frustraciones se producen cuando nuestras expectativas no coinciden con los hechos reales; y no es tanto el resultado, sino el hecho de que los acontecimientos no se produzcan como uno esperaba.

La verdad es que los acontecimientos no siempre se darán del modo que queremos o que nos conviene, aspecto que a muchos les resulta difícil aceptar, esto es porque seguramente sus expectativas no tenían buenos fundamentos, y para no sentirse mal por su equivocación le echan la culpa a otros.

¿Por qué sucede esto? Los especialistas del tema aseguran que es por no haber analizado bien las probabilidades de que las cosas fueran como queríamos o esperábamos, es hacerse ilusiones con algo; también aseguran que es, en buena medida, falta de madurez.

Con madurez, nos hacemos menos ilusos, y no es que esperemos menos de la vida, sino que ajustamos nuestras expectativas a la realidad.

Las personas ilusas o inmaduras son más propensas a las frustraciones; tienen una idea subjetiva del mundo y “todos sus deseos los transforman inmediatamente en expectativas”.

Estas personas no toman en cuenta los imponderables y los factores variables. Están tan centrados en sí mismos que todos lo toma de manera personal. En la adversidad, culpan al destino o a otra persona de actuar contra ellos, y jamás se detienen a pensar que pueden ser ellos los equivocados.

3. “Apego evitativo”. De niños asumieron que no pueden contar con sus cuidadores, lo cual les provocó sufrimiento. Aprendieron a vivir sintiéndose poco queridos y valorados.

Ya de adultos. • Tienen sentimientos de rechazo a la intimidad. • Dificultades para relacionarse y para entender las emociones ajenas.

4.- “Apego desorganizado o contradictorio”. Este es una mezcla entre el “apego ansioso y el evitativo”. Se trata de comportamientos contradictorios. De niño tuvo dificultades para entenderse con sus cuidadores, por lo que tuvieron conductas explosivas y destructivas.

Ya de adultos: • Llevan alta carga de frustración e ira. • No se sienten queridos. • Rechazan las relaciones, aunque en el fondo es lo que más desean. • Dificultades para manejar sus emociones. • Conductas emocionalmente negativas. • Problemas para expresar emociones positivas.

Puedo decir que todos tenemos un tipo de apego y el principal es a nuestra madre o a la persona que nos cuidó. Si nos fue bien, nuestro apego será de seguridad personal, si no, podemos cambiarlo. La relación con nuestra cuidador cuando nacimos no es la única que define nuestro tipo de apego.

“Todas las interrelaciones que se producen desde el nacimiento hasta la edad adulta marcan el comportamiento del momento actual”.

Hay que tomar en cuenta que el apego: • Lo podemos cambiar. • No se mantiene igual en todas las personas. • En la medida que vamos desarrollándonos, va mejorando. • Ningún apego puede catalogarnos permanentemente. • Las personas que con las que convivimos también van influyendo en nuestro tipo de apego. • Una pareja o amistades con “apegos seguros” pueden ayudarnos a obtener más confianza y seguridad.

Este artículo pretende informar un poco más sobre las causas por las que muchos hemos tenido problemas para relacionarnos y para lograr las cosas que deseamos.

De adultos, todos nos comportamos de determinada manera, dependiendo de la calidad de la relación afectiva que tuvimos con nuestra madre o con la persona que nos cuidó desde que nacimos.

Esta relación afectiva es, según John Bowlby, especialista del tema, el apego o vínculo afectivo que establecimos desde el nacimiento y que es la clave para nuestro desarrollo psicológico y para la formación de nuestra personalidad; esto mismo impactará nuestro comportamiento de adulto.

Con base a las distintas relaciones que tuvimos, el especialista, estableció cuatro tipos de apegos:

1.- “Apego seguro”: El mejor y el más sano. Su característica principal es la incondicionalidad. Se aprendió de niño que su cuidador no va a fallarle. Se siente querido, aceptado y valorado. Su comportamiento es seguro y activo, e interactúa de manera confiada con el entorno.

Ya de adultos: • Interactúan con sus iguales de forma saludable. • No les supone esfuerzo unirse íntimamente a las personas y no les provoca miedo el abandono. • La dependencia es recíproca y no les preocupa estar solos.

2.- “Apego ansioso y confuso”: En estos casos el niño no confió en sus cuidadores y tiene una sensación constante de inseguridad. Ello le provocó la necesidad de aprobación por temor al abandono.

Ya de adultos: • Sienten temor a que su pareja no les ame o les desee realmente. • Les resulta difícil interaccionar con las personas de la manera que les gustaría, ya que esperan recibir más vinculación de la que proporcionan. • Se relacionan con la dependencia emocional.

Para que nuestro personal o nuestros hijos maduren y crezcan profesionalmente, se hace necesario ponerlos en ambientes lo suficientemente retadores para cada nivel y para cada edad.

Esto último es la experiencia que los prepara para afrontar esfuerzos, retos y responsabilidades de alto nivel, haciéndolos más fuertes mental, psicológica y emocionalmente; es la fortaleza de la que muchos hablan. Fortalecidos así, les permitirá enfrentar cualquier problema, de cualquier tipo que se les presente.

Y también tú, amigo detallista; cuando tengas una situación difícil no lo tomes como algo personal; no sufras ni te acongojes, no te quejes ni maldigas a nadie, mucho menos tomes represalias. Cualquier situación difícil es aprendizaje.

Para “sobresalir” de casos extremos, tenemos a nuestra disposición algunas formas en que apoyarnos, hablo de la oración, la meditación y el razonamiento.

Así que de hoy en adelante, no los busques, pero tampoco les huyas a tus problemas ni les temas, tómalos como entrenamiento y “fogueo” para enfrentarte a problemas mayores. Si crees que necesitas orientación o asesoría para solucionarlos, búscala, pero acéptalos con fortaleza y trata de no involucrar tus emociones.

El “fogueo”, en cualquier terreno, de cualquier tipo, nos “curte”, como decía mi abuela; es decir, nos hace más resistentes. Esas experiencias son como las vacunas, nos crean anticuerpos psicológicos.

La experiencia de haberse enfrentado a diversos obstáculos, incomodidades, de haberlos vivido y haberlos superado, nos da confianza, nos hace fuertes y más valientes; sólo hay que tener siempre presente lo aprendido en cada situación.

¿Qué es lo que hace fuerte físicamente a una persona? El ejercicio. Esas mujeres y hombres que, en el gym o en su casa, diariamente lo hacen para fortalecer sus músculos, haciéndolos resistentes y capaces de cargar objetos “pesados”.

¿Qué es lo que nos hace fuertes para enfrentarnos, resistir y superar a personas y situaciones incómodas, difíciles y peligrosas? El fogueo. Es decir, entrenarnos en situaciones similares, en escalas gradualmente mayores cada vez.

A manera de ejemplo, decimos que un buen marinero es el que ya se ha “fogueado” en tormentas y tempestades marinas, en las que ha desarrollado su habilidad para salir librado de ellas, cada vez con mayor confianza, aunque tomando sus precauciones. Sin ofender, no es el caso de los marinos que están en las oficinas de la CDMX que muchos ni conocen el mar o ni siquiera saben nadar.

O en el caso de los niños, que para aprender a andar en bicicleta, antes han tenido que caerse varias veces, o de aquellos que cuando se caen se levantan solos, sin ayuda ni lástima de sus padres.

Caso contrario es el de los hijos, a los que queremos proteger y consentir tanto que les impedimos enfrentarse a la dosis necesaria y conveniente de problemas que les enseñará a vivir y a entrenarse para estar listos para enfrentar mayores retos.

En el mundo en el que vivimos diariamente, nunca nos van a consentir tanto como lo habrían hecho nuestros padres, y podemos sufrir con el choque emocional del rechazo en cualquier grado.