La salud es el estado permanente de bienestar físico, emocional y psicológico que todos debemos procurarnos.

Es una cuestión de responsabilidad, de inteligencia mínima y de hábitos pada vivir bien y para ser más competitivos.

Saber cómo podemos conseguirlo es sencillo, ejercerlo día a día, es el reto.

Éstas son las prácticas que diariamentw nos conviene realizar: Consumir frutas y vegetales. Estos son los alimentos más sanos, que aportan gran cantidad de nutrientes, vitaminas y minerales que el organismo necesita para estar saludable, y que además brindan tan pocas calorías que nos ayudan a conseguir un peso estable.

Disminuir a lo mínimo la comoda chararra: frituras, embutidos, alimentos azucarados, salados y procesados, ricos en grasas naturales y calorías. Eliminar los vicios. Dejar de fumar y bajar al mínimo el consumo de alcohol. Beber agua. Ya lo sabemos, el agua hidrata y purifica nuestro organismo por dentro y por fuera, elimina toxinas, mejora el funcionamiento de los órganos, el estado de la piel y el cabello y, por si fuera poco, nos oxigena y nos ayuda a adelgazar. Dormir lo suficiente. Dormir es lo que permite al organismo regenerar la energía que necesita para vivir y mantenerse activo. Los expertos recomiendan dormir unas siete u ocho horas diarias. Hacer ejercicio. No sólo nos permite adelgazar, mantenernos en forma y lograr una mejor figura; también fortalece las defensas del organismo, nos mantiene más jóvenes y vitales, combate el estrés y, por si fuera poco, nos hace más felices. Al menos 30 minutos al día, cuentan como actividad física. Cuidar nuestra salud emocional. Si no puedes ser positivo en todo, al menos sé objetivo. Practica cada día alguna actividad que disfrutes y te entusiasme. Procura separar los problemas del trabajo y los de tu hogar. Toma vacaciones al menos una vez al año.

Como empresario, tú bien sabes que en los negocios, unas veces se gana y otras se pierde, pero sufrir en demasía por ello nos inmoviliza, nos estanca o nos hace retroceder. En estos casos no nos queda otra más que sacar a la persona fuerte que todos llevamos dentro, analizando causas y aplicando soluciones, o, de plano, practicando el perdón o hasta la resignación inmediata.

Muchas mujeres dependen de sus parejas y están tan apegadas a ellas que si las abandonan, no sólo sufre su orgullo, sino que prácticamente se quedan en la calle; fincan totalmente su vida en la otra persona, que cuando desaparece creen morir, y lamentablemente, a veces es cierto.

Los apegos nos hacen esclavos y dependientes de ese algo o alguien; nos hacen débiles, vulnerables y con altas probabilidades de perder aquello a lo que estamos apegados.

Piensa en aquellas épocas en las que estabas muy enamorada o enamorado de alguien; el miedo a que no fuera tuya te hacía demostrarle tanta atención que hasta la llegaste a empalagar; esa persona te sentía a ti tan seguro que llegó a minimizarte y por supuesto “no se dejó atrapar”. Por naturaleza a las personas no nos gustan las cosas tan fáciles, siempre un grado de dificultad hace más interesantes las cosas, a las personas, y no se diga al éxito de nuestra tienda.

Cuando estamos más apegado a algo existen muchas probabilidades de que lo perdamos y suframos.

¿Quieres evitar el sufrimiento?, no te sugiero apartarte del mundo material ni de las personas, no renuncies al goce de ellas, pero sí renuncia a poseerlas con miedo o necesidad.

“El apego produce ansiedad. Si estás ansioso, difícilmente podrás gozar de aquello a lo que estás apegado”.

¿Has pensado alguna vez que la causa de nuestros sufrimientos, enfermedades y conflictos pueden ser los apegos? Me refiero a la relación emocional que mantenemos con cosas y personas, y en las que fincamos nuestra tranquilidad y felicidad. Cosas y personas que si llegamos a perder nos causan soledad, vacío, miedo, depresión, etc.

Es natural y necesario estar apegados a nuestros padres cuando somos infantes, ya que dependemos de ellos. Eso nis da seguridad emocional al ser aceptados y protegidos incondicionalmente. Pero ya de adultos, cuando podemos ser autosuficientes y maduros, muchas veces relacionamos felicidad con poseer cosas materiales o una pareja que, además de ser exclusivamente nuestra, haga lo que queremos, que piense como nosotros, etc.

Tener cosas materiales y pareja es algo sano, justo y nos lo merecemos, pero aquí nos referimos a la relación enfermiza que entablamos con ellas. Nos relacionamos sólo a través de nuestros miedos de no tenerlas o a perderlas o para tener a alguien a quien controlar.

“Los apegos son necesidades del ego; cuando poseemos un ego demasiado grande o débil, nuestro mundo personal chica con la realidad.

Los apegos se extienden en varias dimensiones: a cosas que fueron y ya no son; a cosas y situaciones que no hemos podido lograr; a situaciones que vivimos y hasta a situaciones que nos han causado algún trauma, complejo o dolor, que no hemos podido o querido olvidar, y que nos hacen vivir con ansiedad, preocupados, inquietos, etc.

Es natural que las personas lleguen a fallecer, “todos camos para allá”. Pero en su momento y después de llorarles un rato tenemos que dejarlas partir. Igualmente nuestras parejas están en su derecho de apartarse de nosotros, sobre todo cuando mucha de la culpa ha sido nuestra.

Por todo lo anterior, podemos dar afecto a cualquier persona, en cualquier lugar, porque hay mucha formas de expresarlo, y con cualquiera que nos encontremos tendrá necesidad de algún tipo de expresión del afecto. 

En alguna medida, a todos nos podría haber faltado un tipo de afecto o determinada cantidad de alguno, por lo que en la gran mayoría de los seres humanos siempre hay cierto grado de carencia de ellos.

Como lo hemos explicado en otros artículos, los primeros siete años de vida, son los que nos forman, y cuando en esa etapa no obtuvimos los suficientes afectos, de acuerdo a nuestras necesidades, eso podría ocasionar desequilibrio psicológico ya de adultos.

De una manera u otra, podemos dar afecto a todos, especialmente a nuestra familia, y principalmente a las mamás, pues requieren crear hijos con el suficiente afecto para que de adultos les vaya mejor.

Las personas que no tuvieron o no han tenido los suficientes afectos, de adultos les cuesta trabajo desenvolverse en la sociedad, y son incapaces de darlos a otras personas.

Imagina lo que le puede esperar de adulto, a un niño que no fue hijo deseado, que vivió con una familia disfuncional o vivió en orfanatos. Claro, hay casos en que, a pesar de estas experiencias, inconscientemente, se sobreponen y triunfan en alguna área, como en el caso de Alberto Aquilera Valadez, pero siempre sus carencias afectivas se manifestarán de alguna manera.

A la mayoría, el desequilibrio emocional que padecen, los hace cometer errores que les puede afectar en su vida.

 

Te podrá parecer falsa esta información, pero junto con el oxígeno, la comida, el calor y el agua, el afecto también es necesario para poder sobrevivir. El afecto es una de las necesidades primarias de todos los humanos.

Por supuesto, en los niños, debido a su dependencia de padres y adultos, se vuelve más importante, pero la necesidad de afectos alcanza a todos: pubertos, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, etc., y de la calidad y cantidad que reciban dependerá su calidad de vida. 

Según los expertos el afecto es imprescindible para la supervivencia, y no puede ser sustituido por ningún otro recurso disponible. “Su ausencia por debajo de cierto límite, produce, inevitablemente, la enfermedad y la muerte”.

Pudiera ser complicado entenderlo; para la psicología se trata de “Todo acto (comportamiento) de ayuda, protección, cuidado, etc., que contribuya a la supervivencia de otro ser vivo”. Para esta definición, la ayuda se expresa de manera diferente según el contexto y las personas de que se trate. 

Por ejemplo, si prestamos ayuda a nuestra pareja o a nuestros hijos, este afecto lo llamamos ‘amor’ o ‘cariño’; si esta ayuda es a un amigo lo llamamos ‘afecto’ o ‘amistad’, y si la ayuda la hacemos a desconocidos lo llamamos ‘ayuda’ simplemente o ‘solidaridad’. En cualquier caso estamos haciendo algo para ayudar a la supervivencia de otros.

Dar afecto, no se trata de un hecho espiritual, sino de algo tangible y concreto, pues comprende también el proporcionar conocimientos, resolver problemas, apoyar en los momentos difíciles, etc.

Se entiende también como el sentimiento y acciones favorables por alguien: aplaudirle, sonreírle, escucharlo, apreciarlo, reconocerlo, atenderlo, entenderlo y aceptarlo; en fin, hacer algo por él.

La mayoría de la gente somos propensos a transformarnos de una manera o de otra, por alguna u otra razón.

La característica principal de un transformer es que puede convertirse en cualquier cosa, desde un robot hasta una nave espacial o en un avión; en todo caso esa transformación le da poderes.

Cuando las personas nos transformamos, no aumentamos de tamaño, aunque sí de expresión; nuestro rostro refleja el cambio de personalidad, la mayoría de las veces en algo que no somos generalmente.

A la mayoría de nosotros nos pasa, que ante ciertas situaciones, cambiamos, a veces pausadamente y a veces de un segundo a otro; de ecuánimes o alegres a enojados, tristes o pesimistas.

¿Pero, qué tipo de transformaciones tenemos y qué es lo que, a muchos, nos hace transformarnos?. Cuando no es por el alcohol, café o por alguna droga que ingerimos, generalmente es por cuestiones emocionales simplemente (problemas, provocaciones, tentaciones, frustraciones, etc.), por nuestra falta de control sobre éstas. Otras veces es por problemas orgánicos, alguna enfermedad, por ejemplo, o hasta algún malestar digestivo.

Desde una copa hasta media botella, el alcohol nos transforma proporcionalmente a la cantidad ingerida. Desde el momento que sacamos una cerveza del refri o nos la trae un mesero, con la alegría que sentimos al verla inicia la transformación; por placer que sentimos al saborearla, desde el primer trago nos conecta a mejores emociones, y conforme aumentan los tragos, va aumentando la transformación.

Ya con varias cervezas, nos ponemos más alegres; empezamos a ver el mundo y a nuestros problemas de manera diferente; y así, hasta que nos sentimos muy valientes.

Siempre ocurre lo que tiene que ocurrir, lo mejor; aunque a veces, nuestra apreciación subjetiva nos haga ver un mal donde solamente hay un bien disfrazado. El dolor, la frustración, el desengaño no son castigos; son cosas positivas; son lecciones si se saben considerar con la perspectiva adecuada.

Observa a un jugador inexperto de ajedrez: mueve sus peones alegremente, buscando resultados inmediatos, sin pensar en las consecuencias ulteriores de sus movimientos. Se excita e ilusiona prematuramente si consigue alguna ventaja parcial y, finalmente, se frustra cuando pierde la partida. Este es el mismo comportamiento en la vida del inmaduro?

EL hombre de experiencia, por el contrario, analiza objetivamente todas las posibilidades. Piensa en el resultado final y no se inquieta por los pequeños reveses que ha previsto ya como inevitables. El inmaduro se rebela contra su suerte cuando esta le es adversa y trata de modificar el curso de los acontecimientos para acomodarlos a sus deseos. El resultado es que su frustración no conoce límites.

La actitud del sabio es diferente. Acepta las cosas como vienen y trata de fluir con ellas. En lugar de intentar modificar el destino, que es inexorable, se adapta a los acontecimientos. Cuando algo no sale como él lo tenía previsto, busca enseguida modificar su óptica.

La frustración es moneda corriente en nuestra sociedad, compuesta en su mayoría por individuos emocionales e inmaduros que confunden sus sueños e imaginaciones con la realidad. Pero no existe para el hombre de experiencia que tiene su vista puesta en el horizonte y sabe que cada tropezón, al fin y al cabo, le acerca más rápidamente a su objetivo.

“Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras.

Cuida tus palabras porque se transformarán en actos.

Cuida tus actos porque se harán costumbre.

Cuida tus costumbres porque forjarán tu carácter.

Cuida tu carácter porque formará tu destino.

y tu destino, será tu vida”.

Mahatma Gandhi.

O dicho de otro modo, de manera más resumida: “Cuida tus pensamientos, porque éstos determinarán tu percepción acerca del mundo”

Una manera muy simple (pero tremendamente transformadora) de empezar a cuidar los pensamientos, es cambiar la manera en cómo vemos a los demás. Un Curso de Milagros no puede ser más claro, cuándo dice: “Tal como lo consideres a él, así te considerarás a ti mismo”.

Lo que se nos dice aquí es bien sencillo. En realidad, queramos o no, y sean cuáles sean nuestras creencias, para el inconsciente sólo existe un solo ser, y ese eres tú. Por lo tanto, sea lo que sea lo que pienses acerca de los demás, es lo que pensarás acerca de ti mismo. Esto sucede porque el inconsciente no comprende la dualidad, y si piensas que alguien es idiota, o estúpido, o maravilloso, le estás enviando un mensaje a tu propio inconsciente con esa información. El siguiente es un ejemplo:

Tú piensas “esa mujer es una estúpida, no vale para nada” Tu inconsciente sólo entiende ésto: “soy un estúpido, no valgo para nada”

Otro ejemplo podría ser éste: Tú piensas: “¡qué amable es ese hombre! Cuánta honradez y amabilidad” Tu inconsciente entiende: “¡qué amable soy! Cuán honrado y amable soy”

El pensamiento es la base, y es el único lugar donde se puede efectuar un cambio real. Nadie podrá hacerlo por ti, ningún taller, ni ningún cambio de consciencia planetario marcado en el calendario, ni ninguna otra cosa.

Tal como dice el Curso: Una mente sin entrenar no puede lograr nada.

Y como dice David Hoffmeister en su libro “Sanando la Mente” “El único cambio que perdura surge de cambiar los pensamientos”.

Nuestro subconsciente está interviniendo en todo. Lo que traemos grabado en él es una fuerza determinante en nuestra vida; si nuestros programas internos son de desprecio, minusvalía, desmerecimiento, culpa, miedo, vergüenza, etc., es difícil que nuestros resultados sean de riqueza, paz, salud, felicidad o amor; cuando esto sucede existe un desacuerdo entre nuestro consciente y nuestro subconsciente, pero la fuerza mayor la tiene este último.

Cuando de niño nos grabaron cosas positivas de nosotros, nos dieron cariño, afecto y reconocimientos, nuestro subconsciente nos mueve al éxito porque estimularon y alimentaron nuestra autoestima.

También están grabadas en el subconsciente nuestras creencias, lo que pensamos de las cosas, de las personas, de las mismas experiencias que hemos tenido; lo que pensamos de nosotros mismos, de lo que somos capaces y de las cosas que merecemos.

Esto último determina, la mayoría de las veces, nuestros resultados ya de adultos, tanto académicos como de pareja, sociales y económicos, etc. Ello influye fuertemente en nuestro nivel de seguridad personal, en nuestros miedos y las culpas que cargamos.

Sin embargo, si tomamos conciencia de las cosas que nos ocurrieron de niños y las circunstancias en las que se presentaron, podemos llegar a entenderlas y librarnos de sus impactos negativos; lo único que tenemos que hacer es perdonar el pasado, a nuestros padres y a nosotros mismos e iniciar una auto terapia que nos lleve a entender lo que valemos y las cosas a las que tenemos derecho.

Como el caso del disco duro de las computadoras, el subconsciente se puede reprogramar, podemos formatear nuestro disco duro personal y meterle programas nuevos y convenientes. Quizá recuerdes el caso de los casetes, que se podían grabar encima de lo que ya estaba grabado, y al hacerlo se borraba la anterior grabación.

Esto se puede lograr porque nuestro subconsciente acepta todo lo que le decimos, y crea las cosas en concordancia con nuestras creencias. Siempre dice ” sí”, no sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso, o entre lo correcto y lo incorrecto.

Puedes hacer una lista de creencias positivas sobre ti mismo y tus merecimientos; repítela y siéntela diariamente, mañana, tarde y noche; en un plazo de 21 a 28 días verás una trasformación en ti.

Para no amargarte la vida, cuando alguien te “caiga mal” o cuando te cueste trabajo aceptar una situación, focaliza ese lado bueno que todos tenemos, ese lado positivo que tienen todas las cosas, aunque sea muy pequeño.

Poco a poco ve aceptando los derechos que tienen las personas a ejercer su propio estilo y la forma de ser, y a aceptar todo lo que te sucede porque siempre trae algo bueno, sólo es cuestión de poner atención para descubrirlo.

El tiempo y nuestras propias experiencias nos enseñan que toda situación, objeto o persona tiene sus opuestos; sus pros y contras, sus virtudes y defectos, su lado oscuro y su lado luminoso, etc.; es una ley o principio de la vida, la eterna dualidad de toda la existencia.

Por salud, y para llevarnos mejor con la vida, con todos y con todo, conviene que evaluemos ambas partes antes de entrarle a un negocio, a una relación o a un compromiso, pero una vez que ya estamos adentro, conviene también, concentrarnos en lo positivo, en las virtudes, etc.; con ello podremos sacarle provecho a las cosas y poder disfrutar de ellas.

Recuerda que en aquello que nos fijamos o nos concentramos, lo hacemos crecer con la energía de nuestra atención.

Tu pareja puede tener muchos defectos, tú también los tienes, concéntrate en sus virtudes para que puedan crecer. Los hijos son una gran responsabilidad, y a veces “dan mucha lata” pero también dan muchas satisfacciones y es la mayor realización de los seres humanos.

Los clientes también tienen sus defectos, podrán portarse desesperados, exigentes, mal encarados, pero si no fuera por ellos no podríamos tener un negocio; satisfacer sus necesidades a través de un intercambio por dinero es la razón de ser de nuestra tienda; lo mismo sucede con los proveedores.

Y así es con todo, personas, instituciones, situaciones, etc. En la historia y en la mayoría de las películas, nos han enseñado que sólo existen buenos y malos, héroes y villanos; sin embargo, investigadores contemporáneos nos han mostrado una visión más amplia y objetiva: ni los malos eran tan malos, ni los buenos eran tan buenos. Los malos, además de actuar por intereses personales pudieron haber actuado por necesidad, desconocimiento o porque no les quedaba de otra; los buenos pudieron sólo haber aprovechado las oportunidades que se les presentaron y hasta contar con una buena dosis de suerte.

Los grandes pintores nos enseñaron también, que en un cuadro son tan importantes las partes claras como los oscuras. En la vida, si no fuera por el lado oscuro de las cosas no le daríamos valor e importancia al lado claro. Si no existiera la enfermedad no apreciaríamos la salud, si no fuera por nuestros defectos y errores no podríamos darnos cuenta que también tenemos virtudes y aciertos.

Si llegas a un lugar buscando lo malo, seguro lo vas a encontrar; por el contrario, si te concentras en lo poco bueno que pudiera existir en ese lugar lo notarás inmediatamente.

A nosotros como empresarios nos conviene hacernos el hábito mental de fijarnos en lo bueno. Muchas veces la parte buena de lo malo que nos sucede no se ve de inmediato, se presenta después, en su momento.

Respecto a las personas, los líderes saben muy bien reconocer los talentos y habilidades de la gente y saben aprovecharlas y desarrollarlas.

Entonces, ¿Qué parte quieres ver tú de las cosas, de los sucesos y de las personas? ¿Con qué te quedas de tus experiencias?