En mi último trabajo que tuve como empleado, antes de ubicarme en el mostrador de ventas, me mandaron a tomar un curso sobre actitudes; sí, sobre las formas en que nos comportamos y tratamos a los demás, y que aplicamos diariamente en todo y con todos. “Válgame…”, algo no muy  bueno han de haber descubierto en mis exámenes psicométricos.

En el curso me enseñaron y me convencieron de que cuando la gente acude a un negocio a comprar un producto o servicio, la mayoría prefiere un buen trato, a sólo ser despachado con rapidez y sin errores.

Una buena actitud, me decían, envuelve el producto o servicio que compramos o vendemos, le da más valor, lo enriquece; el cliente se va más satisfecho. Un buen trato puede olvidar fácilmente un error o  falla;  “el precio elevado de un producto se llega a olvidar, una mala actitud jamás”. Difícilmente regresamos a un lugar donde nos hacen malas caras.

Es cierto, la buena actitud hace más personalizado el producto o servicio, lo hace más humano. Cómo decían los abuelos “trata a los demás como te gustaría que te trataran”.

No me había percatado, pero el expositor nos habló de que la tecnología, la inseguridad, la corrupción, etc., le ha restado importancia a la parte más esencial del ser humano, el contacto afectivo.

Un “buen día”, un “que le vaya bien”, un “en un momento lo atiendo”, un “cuídese”, mejora la calidad de los productos o servicios que se venden.

Me dieron buenos argumentos de que en los negocios particulares pequeños se puede lograr esto con mejores resultados. No obstante, he visto que hasta en los principales bancos del país están haciendo esfuerzos para que salgamos con mejor sabor de boca que antes; ahora ya sonríen y preguntan ¿se le ofrece algo más?

Sigo sorprendiéndome de la capacidad que tienen las mujeres para recordar algunas cosas.

Se acuerdan de todas las fechas, de todos los aniversarios, de los cumpleaños de toda tu familia.

Mi esposa, por ejemplo, se acuerda de las veces que llegué tarde a la casa, de cómo llegué y hasta de la hora en que llegué.

Es muy cierto, las mujeres tienen mejor memoria que los hombres, para algunas cosas. Recuerdan más y por más tiempo, y no es que lo presuman, es un hecho.

La ciencia les ha dado la razón. Recién se publicaron los resultados de un estudio que hicieron a hombres y mujeres de la misma edad, y se confirmó esa realidad, por lo que ya no hay discusión sobre eso.

“Cuando una mujer afirma que algo sucedió de una forma y no de otra, lo mejor que puede hacer un hombre es mantener un discreto silencio, porque lo más seguro es que ella tenga la razón”.

Pero en realidad, la mejor memoria de las mujeres se centra más a los aspectos emocionales, porque su cerebro está más ligado a las sensaciones.

“Las experiencias emocionales y su codificación en la memoria está mucho más integrada en las mujeres que en los hombres”.

Un experto del tema, me decía que esa es una de las fortalezas de las mujeres, y que “el único momento en que las mujeres son débiles es cuando tienen las uñas recién pintadas”.

Por lo mismo, el amigo experto, me recomendaba no mentirle a una mujer cuando me pregunta algo, porque si me lo pregunta es porque ya sabe la verdad.

Y “aguas” porque “no existe nada más peligroso que una mujer con información incompleta, sacando sus propias conclusiones”.

Así que ¡¡Ya sabes!!

Cuando fue creado el ser humano, se presentó una tremenda discusión entre los órganos del cuerpo, para saber quién debería ser el jefe, pues todos reclamaban el puesto.

El cerebro habló primero, “Por ser yo quien controla las funciones de todos, yo debo ser el jefe”.

Le tocó hablar al corazón “Por ser quien alimenta de sangre a todo el organismo, me corresponde el puesto”.

En ese caso dijo el estómago: “Yo seré el jefe, puesto que alimento a todos”.

Los pies dijeron “Ya que nosotros transportamos al cuerpo a donde desea el cerebro, nosotros deberíamos ser el jefe”. Las manos dijeron “Ya que nosotras hacemos todo el trabajo y ganamos dinero para mantener al cuerpo, deberíamos ser el jefe”.

Los ojos argumentaron: “Nosotros deberíamos ser los jefes porque guiamos a todo el cuerpo”.

Y así siguieron, las orejas y los pulmones, el hígado, etc.

Cuando de repente habló “la mierda” pidiendo ser el jefe.

Las otras partes del cuerpo se echaron a reír ante la idea de que ésta pudiera ser el jefe, “¿Cómo algo tan insignificante quiere ser el jefe?”.

Yo seré el jefe, replicó la mierda, y se negó a salir durante cinco días.

Al poco tiempo el cerebro empezó a fallar, el estómago se sentía mal, los ojos se empezaron a nublar, el corazón amenazaba con pararse, las piernas temblaban, y entonces todos gritaron:

¡”Ok, qué sea la mierda el jefe”!

La moraleja es “ten cuidado porque cualquier mierda puede llegar a ser tu jefe”.

La palabra Madre alberga distintos tipos de expresiones y sentimientos, tanto positivos como negativos; algunos pueden sonar increíblemente hermosos, verdaderas y merecidas alabanzas en reconocimiento a la máxima figura familiar, y algunos otros como ofensivos, dependiendo del contexto.

Sin el menor afán de ofender a nadie, y sólo como parte del abundante folklore mexicano de algunos ambientes populares, nos atrevemos a recordar algunos conceptos que incluso ya no se utilizan tan frecuentemente como hace algunos años, o han sido sustituidos por palabras “vulgarmente” fuertes.

A continuación las expresiones más populares que aluden a la palabra Madre:

• Ubicación: ¿Dónde está esa madre? • Diminutivo: Es una madrecita • Adjetivo calificativo: ¡Es a toda Madre! • Escepticismo: ¡No te creo ni madres! • Venganza: ¡Vamos a darle en la Madre!

• Negarse a algo: ¡Ni madres! • Accidente: ¡Se partió la Madre! • Defecto visual: ¡No se ve ni Madres! • Sentido del olfato: ¡Esto huele a madres! • Valor Dietético: ¡Trágate esa Madre!

• Especulación: ¡Qué es esa Madre? • Superlativo Positivo: ¡A todísima Madre! • Interrogación: ¿Dónde está esa Madre? • Sorpresa: ¡Pa’ su Madre! • Exceso de Velocidad: ¡Va hecho la Madre!

• Egoísmo: ¡No me dio ni madres! • Confianza: ¡Te lo juro por mi Madre! • Sentido del gusto: ¡Esto sabe a Madres! • Desorden: ¡Qué Desmadre! • Despectivo: ¡Vales pa’ pura Madre!

• Juramento: Por mi madrecita santa que… • Mecánica: ¿Cómo funciona esta Madre? • Incertidumbre: ¿Qué tendrá esta Madre? • Reclamo: ¡No tienes Madre! • Indiferencia: ¡Me vale Madres!

• Cinismo: ¡Qué poca Madre! • Alegría: ¡Está de poca Madre! • Acción violenta: ¡Le rompiste todita su Madre! • Fracaso: ¡Ya valió madres! • Enojo: ¡Chingada Madre!

A éstos se pueden sumar todas los que seguramente te sabes.

En el fondo es cierto eso de mejorar nuestras actitudes, sobre todo para que, personalmente, nos vaya bien. Nuestros errores se perdonan más cuando no son resultado de una mala actitud.

En lo personal, me siento menos mal cuando, alguno de mis proveedores comete un error en los productos que le compro, si es alguien que me sonríe honestamente o me saluda bien cuando me trae la mercancía que le pido.

Sin embargo, ya de regreso a mi trabajo, mi jefe siempre nos decía que teníamos que respetar a todos, hasta puso un letrero en la entrada de la oficina con una frase que decía “En esta empresa todos nos respetamos mutuamente”.

 

Pero su trato con nosotros era despótico, como queriendo separar bien los niveles de puesto. A todos en la empresa nos tenía convencidos de que él era el dueño y podía hacer lo que quisiera.

A él teníamos que hablarle de usted, pero el méndigo nos hablaba a todos de tú, y cuando a alguien por descuido, se le “chispoteaba” hablarle de tú, se enojaba mucho y amenazaba con correrlo.

Una vez, en broma le comenté a un compañero que debería ser al revés; “yo era dos años mayor que el jefe y a mi me debería hablar de usted y yo de tú a él”.

Ya se imaginarán ustedes lo que me sucedió cuando llegaron a los oídos del jefe mis comentarios a ese compañero.

Por un tiempo creí que algo mal andaba en mi, parece que tenía problemas con la autoridad, pero ¡no!, sólo estaba en contra de los jefes, sobre todo de aquellos que siendo solamente simples empleados con autoridad, se sentían dueños de la empresa y tomaban actitudes de dictador.

Por todo eso y más decidí poner mi propio negocio, ahora la única que regaña es mi ayudante, mi esposa.