Lo mismo que les ha sucedido a nuestros hermanos de Guatemala por la erupción del Volcán de Fuego y a los también hermanos de Hawai con el Volcán Kilauea, nos sucedió en México en 1982 con la erupción del volcán Chichonal, localizado al norte de Chiapas, a unos 25 km de Pichucalco y a unos 75 km de San Cristóbal de las Casas.

Sucedió en la madrugada del 28 de marzo de 1982, cuando este volcán inició un nuevo ciclo de erupciones. Fueron suficientes tan sólo 7 días, desde esa fecha hasta el 4 de abril, para causar mucho más daños que los sucedidos en Hawai y en Guatemala.

Fueron más de 2 mil los fallecidos, 20 mil los desplazados y miles de hectáreas de cultivo dañadas, además de cientos de miles de vacas, borregos pollos, etc.

La emisión de los productos volcánicos y flujos piroplásticos afectaron 25 kilómetros cuadrados. Fue tan grande la fuerza de las erupciones que sus cenizas, además de en Chiapas, cayeron en Tabasco, Campeche, parte de Oaxaca, Veracruz y Puebla. La última explosión fue la más fuerte y prolongada. Según los reportes de la época, sus cenizas penetraron la estratósfera, y después de algunos días “circundó el planeta, llegando a Hawai el 9 de abril; a Japón, el 18; al Mar Rojo, el 21, hasta llegó a cruzar el Atlántico”.

Las afectaciones causaron el desplazamiento étnico más grande de la historia de México. La etnia más afectada fueron los “Zoques”, más de 11,000 de ellos fueron reubicados en 16 nuevos asentamientos, originando la creación de municipios como Chiapa de Corzo, Ocosingo, Tecpatán, entre otros.

Actualmente este volcán continúa activo, pero no ofrece ningún peligro para la población, según los especialistas.

Y cuando nuestro equipo pierde, también lo sentimos a profundidad, a tal extremo que nuestro estado de ánimo se va en picada, baja sustancialmente; sufrimos, lloramos, nos queremos cortar las venas, ofendemos y no hace falta mucho alcohol para querer golpear a los seguidores del equipo contrario.

Y no sólo eso, diversas investigaciones han comprobado cómo la productividad laboral de los siguientes dos o tres días disminuye, y no solamente por la resaca sino por el sentimiento de derrota.

Sin embargo, es tan grande nuestro espíritu que no dejamos de querer a nuestro equipo. Los perdonamos, pues, como dicen algunos, tenemos en nuestro ADN lo necesario para sanar las heridas rápidamente.

Visto socialmente, el futbol es el “pan y circo” que nos ofrece el sistema para refugiarnos, divertirnos; la medicina para curar las penas de mucha gente.

“En México, como en la mayoría de los países de América Latina, el futbol es, para muchos, la válvula de escape de los problemas cotidianos”. Todo está planeado y programado para distraernos, para calmar nuestro descontento por cuestiones sociales o políticas. Futbol y chelas se llegan a convertir en droga para muchos. Algunos piensan que si no fuera por el futbol habría más protestas en las calles.

Muy cierto, nos han saturado tanto de futbol que hasta resulta ofensivo. Que la liga MX, que la Sub 20, que la Sub-17, que la Copa Libertadores o la Liga de Ascenso, y no sé qué más. Y no sólo eso, nos invaden con los juegos de ligas europeas; prácticamente todos los días podemos ver un partido “importante” en la tele.

Sin embargo, a pesar de que muchos nos damos cuenta de cómo nos manipulan con el futbol, no dejamos de quererlo, y espero ansioso el inicio de cada partido para sentir esos estados de ánimo, tan intensos y satisfactorios que me proporciona el futbol.

En la época de mis padres y abuelos, el primer regalo que recibían los niños era unos guantes de box, era la distracción más importante en esa época, y aunque últimamente se promueve mucho en México esa actividad, ahora es el futbol el deporte más popular en el país, con millones de aficionados de todas las edades, y por supuesto nunca falta un balón entre los juguetes infantiles.

Y se justifica el gran gusto por el balompié; es un deporte tan noble que se puede jugar en cualquier parte, y en todo mundo lo puede practicar. Más allá de las diferencias sociales y económicas o de la pobreza extrema de muchos, “todos se unen a partir del placer por el futbol”; por supuesto son los jóvenes los más aficionados.

Para muchos mexicanos es, por momentos, más importante que cualquier religión. Es cierto esto; hace unos domingos me llevaron a misa de 12 hrs., donde escuché al sacerdote quejarse de que la gente prefería ir al futbol que a misa; y cómo no se iba a quejar, si la canasta de las limosnas se ve casi vacía en esos días. Hace unas semanas me tocó ver en Guadalajara la euforia tan grande de muchos tapatíos por el campeonato de su equipo en la Liga MX. Mucha alegría en toda la ciudad.

Ese comportamiento es muy normal en el futbol, cuando el fanatismo por nuestro equipo es mayúsculo, el impacto personal y social porque nuestro equipo gane o pierda es de admirarse.

Cuando nuestro equipo gana lo festejamos con una euforia tan grande como si se hubiera ganado un campeonato mundial. Y no es solamente que nuestro equipo haya ganado, es el sentimiento que nos invade como si nosotros personalmente hubiéramos ganado, como si nosotros hubiéramos estado en la cancha y hubiéramos anotado los goles. Nos sentimos realizados y todo lo demás no importa.