El día que despertaron a un dios

Por in Especiales on julio 4, 2019

Fue hace 55 años, precisamente el 16 de abril de 1964, cuando esa piedrota, perdón, “monolito” que se encuentra en la entrada del Museo de Antropología de la CDMX, fue trasladado desde San Miguel Coatlinchán.

En esa población, de apenas 23 mil  habitantes (2010), se encontraba enterrado desde hace casi 500 años, Tláloc, considerado por nuestros ancestros indígenas como “el dios de la lluvia”.

San Miguel Coatlinchán se localiza en el Estado de México, dentro del municipio de Texcoco, a 33  kilómetros al nororiente de la CDMX.

Para evitar que fuera destruida por los españoles, ahí fue escondida por los pobladores durante la conquista.

Se trata de una escultura de siete metros de altura y un peso estimado de 168 toneladas.

Para poder levantarlo “se construyó un armazón de viguetas de acero que permitió alzarlo y subirlo al vehículo que lo transportaría”. 

Para trasladarlo, “se diseñó un remolque especial doble con más de 20 ejes, jalado por dos tractocamiones, capaces de soportar más de 200 toneladas; una gigantesca plataforma rodante”. 

Muchos caotlinchenses salieron a despedirlo con música y cohetes, le cantaban,  le echaban confeti, flores, ¡vivas!, y muchos hasta lloraban. 

Y no era pera menos, lo consideraban como el cuidador del pueblo, la atracción turística de la región; ya era parte de ellos y lo adoraban mucho. 

El vehículo que lo transportaba venía a vuelta de rueda por la Av. Texcoco y entró por la Calz. Zaragoza, apenas a cinco km por hora.

Todo el acarreo fue un espectáculo, durante todo el trayecto la gente salía a las calles para verlo pasar, pero pasó lo siguiente:

Era el mes de abril, un mes de muy pocas lluvias, pero empezó a llover tan fuerte que inundó algunas calles del centro de la ciudad de México, precisamente por donde pasaba la escultura, creando el mito de que habían despertado a Tláloc.

Y lo que sorprendió verdaderamente a todos, es que la escultura jamás se mojó.

Por fin, después de 17 horas de jornada, Tláloc entraba a Paseo de la Reforma por Av. Juárez, y a la 1.30 del día 17 llegó a su destino.

Pero no fue fácil haberlo sacado de San Miguel Coatlinchán. A pesar de que, previamente, se había hecho un convenio con las autoridades locales para sacar y trasladar el monolito, un mes antes, cuando se empezaron los trabajos para sacar la piedrota de donde estaba enterrada, muchas personas, con marros, machetes y cuchillos, acudieron para impedir su retiro, pues lo consideraban un despojo.

Este hecho obligó la intervención del ejército para controlar a la población. Todavía, cuando todo ya estaba embarcado, la gente del pueblo se rebeló y saboteó el transporte especial en el que la escultura estaba ya montada para ser llevada a la capital.

Los habitantes muy dolidos, amenazaban al personal que llevaba a cabo los trabajos de movilización maldiciéndolos que “ellos se volverían piedra”; “que algo malo les iba a pasar”; etc. Se lo llevaban en contra de la voluntad de muchos vecinos.

Aunque la escultura, es conocida popularmente como Tláloc, después de varios estudios, algunos investigadores la identificaron como Chalchiuhtlicue, la deidad femenina del agua. 

Independientemente de la deidad que sea, esta escultura muestra la importancia que tenía para la cultura que la creo, y de la inmensa necesidad que tenían del agua.

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